Un(a) niño(a) de tercera cultura (TCK / 3CK) o niño(a) trans-cultural es "una persona que, como menor de edad, pasó un período extenso viviendo entre una o mas culturas distintas a las suyas, así incorporando elementos de aquellas a su propia cultura de nacimiento, formando una tercera cultura."

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domingo, 26 de junio de 2011

El Otoño En El Lycée Claudel

Estaba comenzando a tomar estructura mi vida en Gillespie intentando crear un refugio emocional donde pudiera ser feliz. Mis padres me dieron por primera vez la libertad de decorar como quisiera mi habitación, sea con posters, fotos o cualquier cosa que me diera gusto siguiendo las normas gubernamentales de la casa. Ya no me hacían falta mis juguetes los cuales donamos en Chile. Ahora disponía de más espacio para organizar mi ropa, mis zapatos y hallar un lugar dedicado para mis GI Joe. Estos no eran de ninguna manera juguetes. Eran réplicas de combatientes apropiados para asistir en el desarrollo antes de entrar a la adolescencia. De ninguna manera un motivo para generar cualquier tipo de vergüenza. También distribuí mis cosas para hacer algo de espacio para mi radio - la música siempre ha sido un componente especial enriqueciendo mi vida - siempre sintonizándome a KOOL FM 93.9. En ese momento conocí el mundo de la música popular comercializada y seguía esta emisora a menudo. Esta nueva casa empezaba a parecer el hogar que necesitaba pero aún faltaba un desafio más el cual no existía forma alguna de evitar: un nuevo colegio.

El Lycée Claudel en Old Riverside Drive, Ottawa

La escuela donde nos inscribieron mis padres a Brian y a mí se conformaba a las normas del currículum francés, conservando cierta estabilidad en nuestra carrera como estudiantes, llamada Lycée Claudel. La misión que me propuse a mi mismo era sobrevivir el primer día dentro del campo de batalla. No me interesaba ni ser la super estrella de la popularidad ni quería llamar la atención de los demás. Ese primer día fue brutal. Esos nudos de nervios y viento que se me habían formado en Santiago antes de empezar el colegio por primera vez volvieron con una furia implacable. La dirección del colegio, me mandó al sótano del edificio a una sala oscura donde se encontraba un sinnúmero de alumnos. Entre ellos se podían distinguir columnas en las que mostraban listas de nombres, indicando al lector su clase y sus compañeros. Al encontrar mi grupo, surgió una necesidad de apartarme del resto de los chicos hasta que alguien apareciera para llevarnos al salón de clase. Jamás en mi vida había yo demostrado semejante timidez. ¿Qué le sucedió a ese William quién no temía conversar con cualquier persona sin importar las consecuencias? Lo único que pasaba por mi mirada eran muchos niños de mi edad charlando como amigos de toda la vida, contribuyendo a sentirme incapaz de presentarme para lograr alguna integración. Me aparté como para intentar de hacerme invisible pensando que todos mis nuevos compañeros ya se conocían de años atrás. ¿Cómo competir contra toda esa ventaja?

Las primeras semanas fueron muy solitarias en este nuevo colegio. No podía dejar de pensar en los amigos que tuve que dejar, deseando que con tan sólo abrir y cerrar los ojos, fuera transportado de vuelta a mis días adorados en Santiago. Independientemente, sin importar el grado de mala suerte que tiene uno, siempre hay una tendencia para que algo cambie para que sea mejor. En el sistema del lycée, los alumnos cambian todos juntos de una clase a otra. Los alumnos eran todos los mismos y conforme cambiábamos de salón, cambiábamos de materia. Gracias a estas circunstancias, empecé tímidamente a conversar con mis vecinos de pupitre y como se suceder a esta edad, una vez que enganchas en una relación con alguien, se te abren las puertas para conocer a los demás. Tomó tiempo ver el fruto de mis labores pero lo logré. Mis amigos quienes me acompañaron durante todo ese tiempo fueron: Adriano Damnjanovic, Cédric Cocaud, Jean-Philippe Cormier, Marc-André La Haye, Olivier Kacou, Philippe Boyce-Lyon y Philippe-André Bonneau. A parte de nuestro tiempo compartido en el estudio, lo cual era obligatorio, nos juntábamos todos a comer en la misma mesa de la cafetería a diario. Ahí intercambiábamos opiniones en asuntos de importancia tales como nuestros maestros, las fiestas y el deporte. Este último tema era un mundo desconocido para mí. El fútbol (o soccer como se le conoce normalmente en el Canadá y los EE.UU.) no formaba parte de un aspecto importante para la mayoría de los chicos. Me encontraba en una situación complicada pero decidí comprometerme a estudiar ese nuevo mundo como si fuera tarea con una temática social. Ahora debía entender algo del hockey (más allá de la preciada historia The Hockey Sweater) y la NBA. Los deportes que quedaban se consideraban interesantes pero no merecían mucho tiempo para comentarlos.

Después de nuestras charlas del medio día, nuestra hora de recreo también incluía un componente para combatir el estrés. Antes de que la nieve invadiera el campo de juego, nos poníamos todos a imitar a los grandes del fútbol americano (deporte que requiere poco dominio del balón con el pié, lo cual hace que el nombre del deporte sea un enigma). Mientras alguien proporcionaba una pelota, cualquiera que quería unirse a nuestro partido era bienvenido. Jamás había jugado este deporte en mi vida, entonces el reglamento fue algo que tuve que descubrir a lo largo de nuestros partidos. Todos mis nuevos amigos, incluyendo Adriano que era serbio-italiano, se negaban a creer que no conociera las reglas. Yo era un fenómeno para la parte donde debíamos patear el balón, algo que para los que conocen este otro deporte es muy limitado. La otra parte que consiste en correr y afrontar al contrincante empezaron a explicarse por sí solos con el paso del tiempo. Había algo gratificante de sentirse corriendo en el aire frío, con los pulmones trabajando como locomotora al intentar de ganarle al otro equipo por fuerza física para obtener el codiciado tanto y sumar más puntos que el otro. En el invierno, jugábamos con gran frecuencia en las montañas formadas por la nieve que se acumulaban al limpiar el estacionamiento del colegio,  un juego llamado El Rey de La Montaña. Se creaban unas tremendas rivalidades entre niños de todas las edades con el propósito de ser la promoción que se adueñaba de la montaña antes de que la campana sonara indicando el fin del recreo. Pienso que durante nuestra hora de recreo representaba más esfuerzo que los cursos de educación física.

Mis compañeros durante una foto de la clase

Mientras fue pasando el tiempo, todos estos chicos se convirtieron en un gran motivo para poderme sentir en casa y su amistad me ayudó a incorporarme como un canadiense más. Me di cuenta que en el pasado había pensado que era canadiense pero no podía en esos momentos relacionarme con nadie que no fuera expatriado. Algunos lo fueron, por ejemplo Olivier quien era hijo de un diplomático de la Costa de Marfil y la madre de Adriano trabajaba como funcionaria en la Embajada de Italia. Muchos de los otros, a esa edad, no lograban entender que un canadiense podía vivir varios años en el extranjero y aún ser canadiense. De igual modo, me dieron mucho más de lo que pudieran imaginarse el gran regalo de su amistad. Gracias a nuestra amistad, siempre recuerdo Ottawa con mucho cariño y cada vez que paso por Claudel sonrio. Estos grandes amigos me hicieron sentir parte del grupo, sobretodo porque era muy importante para mí sentirme así de vuelta en casa. Siempre pienso que estos recuerdos significan mucho más para mi que el tiempo que estuve en la vida de ellos. Los tres años que pasé en ese colegio fueron únicamente un fragmento minúsculo en sus vidas, sobretodo cuando el tiempo tiene un concepto diferente cuando uno está creciendo. Cuando empecé en Claudel era El Chileno, pero después fui uno más del grupo.

domingo, 19 de junio de 2011

Canadá - Dulce Hogar Ontario

Llegó el doloroso día de nuestra salida de Santiago. Nuestros efectos personales ya lucían una vestimenta en forma de cajas de cartón y se dirigían a Ottawa para reunirse con nosotros en un futuro cercano. El salir de Chile significaba dejar atrás mis amigos, mi colegio y todos aquellos elementos de una vida normal. Las circunstancias me estaban separando de una ciudad con la que me había profundamente encariñado. Mientras esperaba en la sala de abordaje junto con mi familia, miraba mis alrededores, la gente, el paisaje, intentando memorizar todo fotográficamente pues eran mis últimos momentos en mi país adoptivo. En ningún momento acaparó mis pensamientos el volver a Ottawa ni el nuevo proceso de adaptación. Pero la hora de embarcar tomaba más importancia, creando un gran vacío, como si estuviese dejando el amor de mi vida. Rezaba con todo fervor deseando que el vuelo se cancelara mientras cumplía una condena interminable junto al avión que me desafiaba al mirarlo por la ventana de la terminal. No tenía ningún poder a mi alcance para cambiar este destino como escrito sobre una piedra. Una vez que abordamos el ave de acero, éste obedeció las instrucciones de su piloto, alejándonos del bastión santiaguino. Era el adiós que no quería darle a mi pueblo. No podía evitar observar por la ventanilla ver como Santiago desaparecía mientras el avión escalaba hacía el cielo, con la cordillera tristemente despidiéndose. Lo único que me restaba eran los recuerdos de mis últimos tres años convenciéndome de conservarlos eternamente.

Una nave de Canadian Airlines en el Aeropuerto Internacional Pearson, Toronto, Canadá

Nuestra nueva saga en Ontario empezó durante un verano maravilloso. El segundo verano en 1992 para nosotros. El puerto de entrada fue el mismo de siempre, el Aeropuerto Internacional Pearson junto con el rutinario proceso de aduana e inmigración. Los oficiales fueron lo suficientemente amables recordándonos en una manera transigente - en cada oportunidad que se les presentaba - que no gozábamos más de los privilegios diplomáticos al entrar en esta jurisdicción. Estos comentarios no me afectaron personalmente pues predominaba la emoción de reunirnos con el Capítulo de Toronto de nuestro Clan Bickford. Nuevamente fuimos convidados a la casa de mi Tio John y mi Tia Amy en Etobicoke,  muy cercana al aeropuerto. Esa semejante bienvenida con la que nos recibían a cada vez, alivió mis preocupaciones con respecto a la vuelta al Canadá. Siempre consideré mi Tío John como mi padre canadiense y mi tía Ama como mi madre canadiense pues eran siempre las primeras personas conocidas que veía a cada vez que llegábamos en territorio canadiense. Este sentimiento de cariño especial es exactamente el mismo que sentí por mi Tata Annie y mi Tontón Fernando por lado de mi familia materna, dos personas increíblemente importantes para mi y tendré el placer de presentárselos en un futuro no muy distante. En cuanto al hogar de mis tíos en Toronto, existía un elemento muy particular que contribuía a sentirme en casa que puede parecer extraño. Al entrar a la casa, el olfato era mi primer sentido que respondía, inhalando un aire refrescantemente limpio que detectaba desde el cruzar por la puerta. Si existiera un olor a limpio sería idéntico a la casa de ellos. 

Nuestra estadía ahí no fue una repleta de actividades pero fue totalmente entretenida. Pasamos un tiempo en la sala mejorando nuestro repertorio de bromas y escuchando historias de mi padre y su hermano habiendo vivido en el Este de Canadá. Mientras escuchaba los detalles de estas anécdotas, sentí un paralelo en relación a mi vida pues ellos nacieron en el Reino Unido e inmigraron al Canadá cuando eran muy chicos. Se mudaron de pueblo a pueblo y después de algunos años, todo lugar les brindó recuerdos especiales. Estoy seguro que esos cambios de vida, sobretodo en aquellos tiempos, se hacia con un cierto grado de dificultad pero ninguno con retos socio-políticos como los que me tocaron vivir. Los pueblos y ciudades en Inglaterra podían parecer aislados el uno del otro pero no tenían ese aspecto ni ninguna comparación a las distancias que existen en el Canadá. Una vez que una persona ha vivido lo suficiente en este país, una distancia de 500 km es como un paseo por el parque. Además, nuestro hermano imperial posee una red de transporte impresionante debido a la densidad de su población, algo totalmente irrelevante con respecto a nuestra enorme tundra. Ellos tienen trenes mientras que nosotros tenemos VIA Rail. No es el método de transporte más envidiado del mundo civilizado pues existen mejores servicios en otros países. La mayoría de nosotros nos  desplazamos de un punto A hacia un punto B usando el invento favorito de Henry Ford, un tema que me permite abordar la introducción de nuestro punto clave en la agenda de nuestro regreso triunfante: el nuevo automóvil. 

El principal objetivo de esta visita para mi padre era comprar un auto nuevo para salir de la gran ciudad por la autopista 401 Oriente. Hicimos una extenso recorrido de concesionarios de coches por Etobicoke buscando una van o camioneta. Yo prefería la idea de una van, sobre todo alguna de las más grandes, por ejemplo la Aerostar. En cuanto a la camioneta, según mi concepto de los automóviles, era un error de diseño alarmante de los fabricantes. En mi capacidad como pasajero, la Aerostar me daba la impresión de estar cómodamente sentado en un salón movible. Pude confirmar lo anteriormente mencionado cuando mi padre hizo una prueba de manejo. ¡Pero que criatura tan poderosa! Mi padre comentó a lo largo de la manejada que sentía como si estuviese detrás del volante de un camión. Me entusiasmé tanto por la Aerostar que seguramente inundé mi pobre padre de comentarios a favor de la compra, obviamente sin pensar en el precio. Después de todo, qué podría yo entender de gastos cuando jamás tuve que comprar nada en mi vida. Veía que una van tenía un valor diferente para mí que para mi papá. El vendedor logró que mentalmente yo comprara el auto, pero no tenía ningún poder de compra. Mi padre no estaba para nada convencido, preocupado también si habría suficiente espacio en el garaje en Ottawa para meter semejante monstruo de vehículo. Nuevamente, como niño, ¿qué me importaba si este auto cabía en el garaje? ¡Era una Aerostar! El consuelo de mi padre lo encontró al entrar en la sala de exposición de Islington Chrysler. Este fue el Plymouth Voyager SE 1992. Por dentro, lo decepcionante para mi era que no tenía ningún parecido a una sala de conferencia. El hecho de poder quitar los asientos traseros y su apariencia futurística del vehículo fueron suficientes para convencer a mi padre. Poco después, lo perdimos de vista al perderse en un mundo de papeleo referente a la adquisición de nuestro nuevo acompañante mientras esperábamos, viendo el momento de salir del local en nuestro nuevo Voyager celeste. No me imaginaba que debíamos esperar para la entrega de la van. Aunque estuve parcialmente de acuerdo con el buen negocio de mi padre, no se comparaba con el Aerostar.

La muy futurística Plymouth Voyager 1992

El viaje de estreno de nuestra Plymouth Voyager fue hacia Kingston, Amherstview, para ser más preciso. Ahora nos preparábamos para una invasión a gran escala de la casa de Grandad, la que duraría un par de semanas, en las que íbamos a causar un caos. Bueno, realmente pasamos la mayoría del tiempo viendo películas, jugando e yendo a la misa dominical. William "Bill" Bickford (mi Grandad) era una estrella/superheroe en Amherstview: un sensei de Aikido durante los días hábiles y  los fines de semana  ministro de la United Church of Canada. En alguna ocasión nos utlizó a Brian y a mí para hacer demostraciones de sus trucos de artes marciales, lo cual le fascinaba. Desde que nos dejó Granny, creo que dedicó más tiempo a sus actividades que le permitían pasar más tiempo fuera de casa, pero igual así, tenía su casa equipada para entretener a sus nietos. Brian y yo descubrimos en ese momento un nuevo mundo de televisión por vía satélite y juegos de computadora, especialmente cuando nos dejaron mis padres con ellos, cuando fueron por el día a Ottawa. Debían encontrarse con el agente inmobiliario para firmar documentos legales para tomar posesión de la casa lo más pronto posible. Entre más pronto podíamos obtener las llaves de la casa, podíamos empezar nuestra nueva vida. Una nueva etapa en Ottawa, una ciudad que ya no recordaba después de Venezuela y Chile. Sólo habíamos vuelto a la gran capital durante uno de nuestros viajes cuando mis padres buscar una casa nueva. En ese momento, fue cuando decidieron comprar la casa de Gillespie. Ninguno de nosotros había vivido en esa casa pero logramos construir un increíble hogar ahí. Mis padres optaron por esa compra en Hunt Club, un barrio en el sur de Ottawa, para que Brian y yo pudiéramos identificar ese barrio como el nuestro.

domingo, 12 de junio de 2011

Recordando Dos Grandes Personas

Los abuelos son quizás las personas más valiosas en la vida de los niños. Los chicos no pueden esperar el momento en que los podrán ver y la espera de esta reunión puede parecer interminable. El hecho de tan sólo tenerlos cerca o abrazarlos es un comportamiento natural y lograr captar su atención a cada segundo es el objetivo número uno. El tiempo vuela cuando estás en su compañía y si uno no se detiene por un momento, ese instante terminará sin darse uno cuenta. Esto no fue de ninguna manera una excepción con mis abuelos paternos (mejor conocidos en mi pequeño mundo como Granny y Grandad) quienes veíamos muy poco durante el transcurso del año. Mi abuela materna quien ya era viuda, Mémé, tal como mencioné en una publicación anterior, era la única persona de la familia que nos había visitado durante nuestras misiones en el extranjero. Cuando el calendario marcaba diciembre, empezaba yo a contar los días para volver al Canadá para ver a la familia, principalmente Granny y Grandad.

Granny y Grandad en un viaje a Inglaterra en los años 80.

Después de nuestra gira por la Polinesia, continuamos nuestro peregrinaje hacia el norte congelado sin saber lo que nos esperaba al volver a Santiago. El final del verano en el hemisfério llegaba a su fin, dejando el paso a un otoño fresco lleno de sentimientos confundidos. La culminación de febrero significaba el retorno a los estudios, remplazando las tareas mi tiempo libre que tanto apreciaba. El único consuelo de abandonar ese gran lujo era encontrarme una vez más con mis amigos, esperando que el nuevo año escolar me recibiera con cursos repletos de temática interesante. También anticipaba con mucha emoción mi cumpleaños, el 2 de marzo, siendo dos semanas después de la campanada del inicio del colegio. Una gran parte del entusiasmo en cuanto a mi día especial era que caía en fin de semana pero el día antes de esta fecha, mi mundo fue violentamente sacudido por una nueva tragedia. Mi Granny había sido hospitalizada debido a un ataque cardiaco y no logró encontrar fuerzas para permanecer en el mundo que compartíamos, entrando al descanso eterno el mismo día de mi cumpleaños. Aún recuerdo como me sentía en aquel momento, como si un gran vacío se apoderaba de mi corazón. Perdí una gran persona quien me dejó recuerdos especiales, como su encanto con los historias de Huck Finn y los deliciosos postres que eran porciones gigantescas. Este golpe fue duro de soportar, sobretodo no estando cerca de mi abuelo para abrazarlo y consolarlo encontrándose solo, sin ningún familiar viviendo cerca de él. Además, debido a que acabábamos de volver de las vacaciones, entonces no teníamos posibilidades económicas para poder ir al funeral de Granny. Las enorme distancia entre el norte y el sur se volvió aún más exponencial. No podíamos ni hacerle el tributo respectivo a Granny ni despedirnos de ella.

No sé cómo ocurrió la próxima serie de eventos, pero sin lugar a duda, una gran parte que influyó fue una decisión originada por mi Dad. La muerte de su madre contribuyó a fomentar una relación intercontinental entre mi padre y el suyo, convenciéndolo de que debía tomar unos días para enfrentar el hueco enorme que dejó la partida de Granny en nuestras vidas. Nosotros en Santiago hicimos nuestro duelo de lejos debido a la distancia, así es que se podía entender la relación especial entre padre e hijo. La buena noticia dentro de la mala fue que Grandad se animó a venir al polo sur. Brian y yo lógicamente quedamos sorprendidos de la buena nueva, íbamos a tener nuestro abuelo todo para nosotros sin importar el hecho de haber vuelto al colegio. Después del cáncer de Maman, nuestros toques de queda en Venezuela y otros desafíos que enfrentamos a lo largo de nuestras misiones, gozábamos de una gran experiencia al encontrar apoyo familiar y fuerza en nuestra unión. Se nos presentaba ahora una oportunidad excelente para reunir nuestra fuerza colectiva para ayudar a Grandad viendo lo positivo y la magia de la familia. Una vez que me enteré de que venía mi abuelo, empezó nuevamente el juego de la espera, rezando para que el dia llegara pronto para ir a recibirlo al aeropuerto. Quería que todos mis amigos supiesen que él llegaba y deseaba que todos lo pudiesen conocer. Estoy convencido de que estaba pensando organizar un desfile militar con mis GI Joe para su bienvenida. Mis padres por otra parte estaban seguramente planeando actividades entretenidas y paseos de los que no se podía perder durante su estadía.

El día tan esperado por fin llegó. Grandad llegó. Los cuatro estábamos presentes en el aeropuerto, esperando ansiosamente reunirnos con él y hacer de cada segundo de su visita un momento inolvidable. La acogida como de familia real con la que solíamos recibir a mi Mémé, ahora fue compartida con Grandad con el fin de consentirlo. Fue fantástico llegar a casa después del colegio y verlo. También lo llevamos a nuestro pequeño paraíso de Reñaca donde pareció quedar encantado con el Océano Pacífico. Comimos en los restaurantes que nos gustaban, paseamos por el muelle y hasta la marina chilena desfiló una cantidad de barcos de guerra por la costa, seguramente en preparación de un ejercicio naval. El recuerdo más especial que tengo de esta visita fue el de visita por la tarde en que compartimos los cinco juntos. Brian y yo decidimos cambiar el silencio a favor de una noche de espectáculo. ¡Qué suerte para Grandad! A principios de los 90, la canción Black or White de Michael Jackson dominaba el mundo de la música, junto con sus habilidades pertinentes al reconocido baile, Moonwalk. Brian nos preparó colocando el cassette en el estereo seguido por nuestra carrera para tomar nuestros puestos en el escenario. ¡Qué empiece el show! Yo realicé una rutina de lip-synch de categoría mundial vestido en mi camiseta deportiva de la Maratón Terry Fox con una hoja de maple enorme, mis pantalones gris de correr  y el toque farandulero de lentes de sol oscuros. Brian lucía su vestimenta deportiva favorita de un color negro eclipsado por su gran directorio de baile. ¡Footloose tenía todo que envidiarle! Existe un video en alguna parte de los archivos de mi familia con todo el contenido del espectáculo que me encantará compartirlo con ustedes por medio de este blog antes de que se quede enterrado en el olvido del pasado. Para concluir, el éxito del duo Bickford fue tal que nos volvimos estrellas internacionales cuando mi Grandad regresó al Canadá y mostró el video a mi familia. ¡Qué gran honor! En aquel momento pude relacionar el paso a la fama de los Jackson 5.

Con mi Grandad en Valparaiso, Chile

Una vez que nos encontramos con la partida de Grandad hacia el Canadá, me di cuenta de mi nueva realidad, como solomente ella lo sabe hacer. De ahora en adelante, cada vez que volveré a ver a Grandad, Granny no estaría más a su lado. Por cierto, hasta la última vez que fui a su casa en Amherstview - para los que no conocen este lugar, es un suburbio de Kingston, Ontario - jamás me acostumbré a que no estuviese presente. No había ni una tumba, ni una cripta en un mausoleo donde podía descansar en paz. Mi abuelo dispersó las cenizas por el jardín de su casa, quizás con la idea de que siempre estaba cerca acompañándolo. Cuando se vendió la casa de mi abuelo a principios de los años 2000, sentí como si hubiesen vendido también a Granny junto con ella. Mi Pépé (mi abuelo materno) murió cuando tenía yo un poco más de 3 años y ahora mi Granny a los 11 años. Es imposible decor en este momento que cuando era chico entendía que esto era un proceso natural en la vida y que a todos nos llega esa hora del “Ultimo adiós”. Realmente, no fue así si no todo lo contrario. Sinceramente sentía que me habían arrebatado oportunidades de estar con mi gente muy especial. En el caso de Pépé, me apena que no recuerde casi nada de él. Quizás fue por la edad, el hecho de que no vivíamos cerca, o todo el trabajo que requiere adaptarse a cambios extremos desde una temprana edad. De cualquier manera, adapté mi forma de pensar a lo largo de la vida conforme a estos eventos trágicos convencido de la importancia en recordar todo lo bueno de la gente que ya no esté con nosotros físicamente. El recordar sirve para conservarlos siempre con nosotros para que nos acompañen por los caminos de la vida. Me gusta pensar que cuando logro mis éxitos más grandes, es gracias a ellos en cierta forma, por sus pensamientos positivos, pues son nuestro equipo de ángeles de la guarda.

domingo, 5 de junio de 2011

Como Ser Un Canadiense

Cuando regresamos a Chile después de nuestras vacaciones de fin de año, nos aproximábamos al sexto aniversario de nuestra partida de Ottawa. El concepto del tiempo para los niños es completamente distinto al de los adultos. Bajo la perspectiva de un niño, Canadá permanecía en mi memoria como una vida pasada. Mi hermano y yo, nos habíamos convertido en chilenos después de los dos años y medio que vivimos en Chile.  Nuestro proceso de adaptación se logró de una forma tan perfecta, que compartíamos los mismos pasatiempos, gustos culinarios, modismos y preocupaciones socio-políticas de nuestros paisanos. Ya habíamos dejado de ser los extranjeros canadienses llegados de Venezuela. Mis padres estaban orgullosos de este resultado y lo a gusto que estábamos con todos los aspectos de nuestras vidas en tránsito. Sin embargo, compartían el temor de nuestra salida del país a mediano plazo y cómo esto nos podría afectar. Este cambio significaba una nueva interrupción en cuanto a la estabilidad que gozábamos, sacrificando el sentimiento de pertenecer a una transición que potencialmente acarrearía repercusiones negativas. Algunos hijos de diplomáticos sufren por estos cambios dramáticos al llegar a una edad en la que se valora la estabilidad, el cual es un parámetro operacional importante en la programación de un niño. El ser canadiense era realmente un concepto fuera de contexto tanto para mi hermano como para mí, pues teníamos un conocimiento muy superficial de nuestro país.

Maman, Brian y yo en Salto Laja, VII Región, Chile

Canadá asumía un papel importante para mi identidad y siempre fue un sinónimo de casa. En el colegio, yo era “El canadiense”. Normalmente, uno siempre vuelve a casa después del colegio, el trabajo o una salida con amigos, pero yo no había vuelto a vivir en el Canadá durante seis años. Me había prácticamente olvidado lo que era vivir una vida tranquila en las afueras de Ottawa. Cada año hacíamos una corta visita a la familia en Ontario durante la Navidad, siendo Toronto el punto de entrada al país junto con una breve estadía en casa de mi tío John y mi tía Amy en el barrio de Etobicoke. Siempre fue un momento especial para poder reconectar con ellos,  mientras tanto mi imagen de Canadá empezaba a asociarse mucho con esos momentos. La magia de la blanca Navidad contribuía adicionalmente a un sentimiento como estar viviendo en un sueño. Me encantaba pasar por las puertas automáticas que marcaban la salida del control de aduanas e inmigración queriendo ansiosamente salir para ver a mi tío quien nos estaba esperando. Mis abuelos vivían en Kingston, un pueblo tres horas al noroeste de Toronto y la manejada para ir a verlos me parecía eterna, pero con una ventaja espectacular. El día de Navidad era cuando nos reuníamos todos en casa de mi tía Margaret y mi tío Rick en Grimsby, aproximadamente a una hora al sur de Toronto. Ahí Brian y yo aprovechábamos la oportunidad anual de pasar tiempo con mis primos, Emily, Stef y Katie. Ellos eran más chicos que nosotros pero nunca fue un obstáculo para jugar juntos y formar una familia mismo si era por un instante. Festejábamos la época con los pavos más grandes de la historia. Aún recuerdo el sabor suculento del pavo hecho al horno, con el relleno, papas y salsa. Siempre me encantó ese sabor único pero el hecho de estar todos reunidos, esto le daba un toque más especial al sabor de la comida.

Fuimos expuestos a elementos relacionados con mi país participando en eventos organizados por la comunidad canadiense donde los hijos también estaban invitados y los paseos a la embajada en el centro en la calle Av. Bernardo O’Higgins y Ahumada.  Cuando Brian y yo, teníamos vacaciones del colegio, mi Maman nos llevaba a visitar a mi padre en su oficina, algo que siempre nos encantaba. Habían unos lugares fantásticos para comer en el centro de Santiago. Cada vez que entrábamos al edificio donde trabajaba, éramos recibidos en un ambiente amigable. Los colegas de mi padre siempre se daban cuenta cuando estábamos presentes y se acercaban a saludarnos para preguntarnos como nos iba en el colegio. Esta gente era de lo más simpática y como si fuese nuestra familia en el extranjero. El jefe de mi padre, el Embajador Michael Mace, era un hombre muy amable y  su esposa también, surgió una gran amistad entre ellos y mis padres durante esa misión. Siempre nos extendían la invitación para sus reuniones y les gustaba nuestra compañía pues les recordábamos a sus hijos que ya eran mayores y estudiaban en Canadá. Fuera de este mundo, conocí canadienses trabajando en el área de desarrollo de proyectos sociales, ejecutivos de Scotiabank buscando oportunidades de adquisición con el Banco Sud Americano y profesionales en el sector minero, todos representando el Gran Norte Blanco. Ya poseía un gran orgullo por mis compatriotas trabajando en Chile, sobretodo los que se dedicaban a proyectos de desarrollo social con fines de mejorar la vida de los miembros de la sociedad de escasos recursos. Mi mamá insistía que era bueno incorporarnos a estos eventos pues esto nos permitía desarrollar aptitudes sociales y generar cierta conciencia en cuanto a lo que aportaba nuestro país en un ámbito internacional. Tengo que admitir que este tipo de experiencia fue una ventaja extraordinaria pues estos conocimientos no se pueden aprender en una salón de clase donde se discuten aspectos teóricos. Brian y yo obtuvimos una Licenciatura en Ciencias Sociales y una Maestría en Administración de Negocios desde una temprana edad.

Un fin de semana veraniego poco después de nuestra aventura por la Polinesia, Brian y yo fuimos llamados a la sala familiar. Mi padre estaba sentado en el sofá delante de la televisión llevándome a preguntar que película íbamos a ver juntos. Mis padres decidieron que era importante enriquecer nuestras vidas agregando buenos conocimientos del Canadá, viendo que nuestro calendario escolar no incluía ninguno de estos aspectos. Se imaginaban que al volver a Ottawa, esto nos generaría más y mejores posibilidades para encontrar un enlace con nuestro país mejorando la transición. No sé que habrá pensado Brian en aquel momento, pero yo no me imaginaba irme de Santiago. Mi papá nos trajo un libro grande que tenía guardado con sus discos de música LP y empezó a explicarnos el contenido. Recuerdo que el libro contenía un montón de imágenes y tenía un cierto parecido a una enciclopedia pero con más ilustraciones. Esto fue especialmente útil para mi aprendizaje, sobretodo porque había sido expuesto a varios idiomas pero jamás había escrito o leído el inglés hasta ese momento importante de mi vida. Eran dibujos interpretando momentos importantes de la historia del Canadá. Eventos tales como el descubrimiento de Terranova por los vikingos, los exploradores europeos, los colonizadores franceses e ingleses, batallas importantes tales como la guerra de 1812 y mi favorito, las banderas de todas las provincias junto con los nombres respectivos de las capitales. Después de algunos fines de semana como estos, ya estábamos lo suficiente preparados como para pasar un examen de ciudadanía si este fuera el caso. Era sumamente interesante y motivante para mí aprender acerca de mi gran país.

Visitando un proyecto de desarrollo en Chiloé, Chile

Es una tarea laboriosa para padres de familia establecer cierta estabilidad en la vida de sus hijos cuando saben que forman una vida pasajera. Los niños suelen desempeñar un papel simple, implicados en sus propios asuntos, aferrándose al mismo tiempo a lo conocido. En pocas palabras, niños siendo niños. El cambio es algo que viene acompañado de un sentimiento de un miedo agobiante debido al camino desconocido por delante. Cada día está uno expuesto a nuevas experiencias y un cambio descomunal puede ser hasta traumático. Algunos hijos de expatriados que he conocido por el camino de la vida se vuelven amargados, y en mi caso, me puse de huelga cuando nos mudamos de Brasilia a Ottawa. Es un desafío adaptarse a una vida nueva sobretodo cuando uno vive acostumbrado a pensar en el hoy e ignorando el mañana que puede ser algo totalmente diferente. Hasta el pasado, por ejemplo Venezuela, me parecía una realidad muy distante. Me encantaba variar, descubrir nuevas culturas, idiomas, tradiciones, culturas y siempre respondí a estas diferencias con un gran respeto. Siempre valoré el sentimiento de pertenecer. Mis padres hicieron un trabajo impresionante asegurándose que nos adaptáramos brindándonos siempre amor y apoyo. Yo sabía que era canadiense pero desarrollé una identidad chilena predominante, llegando a la conclusión que Chile era mi hogar permanente. Si todo iba bien, ¿por qué debíamos cambiarlo? La idea de irnos era absurda y no podía ni empezar a entenderla. Aunque mis padres nos dijeron que regresaríamos a Ottawa en algún momento, existía un sabor agridulce con la noticia al pensar que otro capítulo estaba por terminarse.

domingo, 29 de mayo de 2011

Nueva Zelanda - Más allá de Auckland

Fuera de Auckland, el paisaje tenía un parecido con mi provincia de Ontario. Mientras observaba el mundo por la ventanilla del auto, la autopista me hacía pensar en el trayecto Ottawa - Toronto de la carretera 401. Las únicas distracciones eran árboles, pasto y muy de vez en cuando, alguna casa en el campo. La naturaleza nos rodeaba como incansable acompañante de la ruta, en un camino donde hasta el tráfico vial era poco común. Finalmente tuvimos un día soleado que recibimos con agradecimiento después de la abundante llovizna que soportamos a lo largo del viaje. El clima no era muy distinto al de Santiago en esa época del año, lo cual nos permitía vestir camisetas durante el día. Me impresionaba no ver áreas de descanso en ese tramo del viaje. Las gasolineras estaban ubicadas en los pueblos que pasábamos, a cierta distancia de la autopista principal. Muchos de esos pueblos tenían nombres autóctonos pero ocasionalmente veía algunos letreros que me recordaban étapas de la vidas  en Ontario, por ejemplo Hamilton y Cambridge. ¿Pero cuántos Hamilton, Cambridge o Kingston existen en países de habla inglesa? Supongo que los colonizadores empezaron con esta idea para sentirse más en casa. Después de todo, era un viaje increíblemente largo volver a Gran Bretaña desde el fin del mundo. A pocos minutos al sur de Cambridge, Nueva Zelanda, nos acercamos a nuestro primer destino: Las Cuevas de los Gusanos luminosos de Waitomo.

Los gusanos luminosos dentro de su hábitat

Fueron tan sólo dos horas y media para llegar a Waitomo. Este lugar era un impresionante paraíso natural. La entrada a las cuevas se encontraba en la cima de una colina donde se había construido un centro de  visitantes. La tarifa para entrar incluía un guía, un detalle obligatorio para todos. La administración del parque necesitaba controlar el número de personas que entraba a las cuevas con el fin de proteger las condiciones ambientales internas. La gente exhala dióxido de carbono y como no hay plantas para transformar este gas en oxígeno, una gran cantidad de personas pueden poner en peligro el habitat de las criaturas que residen en la oscuridad. El paseo comienza por un descenso, entrando en un sistema de cuevas de piedra caliza formadas en un lapso de 30 millones de años. La piedra constaba de corrales fósiles, conchas marinas, esqueletos de peces y otros organismos marinos. Estalactitas y estalagmitas nacieron del proceso del agua goteando por el plafón de las cuevas y el flujo del agua dejando depósitos. Estas decoraciones toman millones de años para formarse y demuestran un brillo precioso cuando entran en contacto con iluminaciones artificiales. Esta parte llevaba el nombre de La Catedral. Para la siguiente parte del paseo, debíamos montarnos en un barco pequeño. Mientras estábamos formándonos en fila, el guía nos explicó que todos debíamos permanecer en silencio absoluto y estaba prohibido tomar fotos. Íbamos a ver los gusanos luminosos y cualquier ruido o luz de flash, podría asustarlos, al punto que podían morir. Recuerdo a mi padre diciéndonos a Brian y a mí: "Me pregunto lo que sucedería si alguien se tira un gas." Después de aquel comentario de mi padre, mi hermano y yo, sentimos extremadamente complicado obecer a la orden de mantener silencio, pero lo logramos. ¡Los gusanos eran increíbles! Parecían imitar luces de todos colores iluminando toda la cueva.

Al terminar la visita, seguimos en dirección al este, hacia el pueblo de Rotorua, en Bay of Plenty. La región empezó una metamorfosis convirtiéndose en un destino para Spa a principios de los años 1880, atrayendo visitantes de todas partes de la isla. Este asentamiento representa el corazón de la isla del norte, haciéndolo accesible a todo Neozelandés sea de Auckland, Hamilton o Wellington. La industria del turismo sigue siendo una gran fuente de empleo en el distrito, acogiendo visitantes de todas partes del mundo interesados en la actividad geotérmica, particularmente la cantidad de géiseres y piscinas de barro caliente burbujeante. Los visitantes pueden meter las piernas solamente en piscinas aprobadas donde el cuerpo humano puede tolerar la temperatura. El agua puede llegar a unas temperaturas absurdas pues se calienta por el magma que se encuentra bajo tierra. Los géiseres son aguas termales conocidas por sus explosiones intermitentes donde el agua alcanza varios metros de altura, seguidos poco después de una nube de vapor. Estos nacen debido a condiciones hidrogeológicas específicas explicando la rareza de este fenómeno natural de nuestro hermoso planeta. Generalmente, los géiseres se forman cerca de zonas volcánicas con tendencia a terremotos violentos. Se puede visitar el sitio web http://www.geonet.org.nz/ donde se puede ver la actividad sísmica actualizada al instante para notar la frecuencia de terremotos y temblores en Nueva Zelanda. Gran parte de la región vive invadida de un olor desagradable pero a su vez conocido como azufre - muy parecido al olor de huevos podridos - lo cual ocasionó que se conociera la ciudad por apodos tales como la Ciudad del Azufre o Rotten-Rua.

Whakarewarewa es una zona protegida dentro de la ciudad de Rotorua en la Zona Volcánica de Taupo en Nueva Zelanda. Restos de una fortaleza Maori permanecen de la era cuando fue ocupada en 1300. La definición de este nombre aborigen significa, el lugar de encuentro para los grupos de guerra de Wahiao. Los Maori se instalaron en este fuerte durante varios años, y nunca lo perdieron aún en tiempos de batalla. Se retiraban pacíficamente a buscar oportunidades de trabajo en centros urbanos del país. Ellos dominaron con maestría la actividad geotermal en el valle, usándola como medio para calentar sus hogares y cocinar sus comidas. El Géiser Pohutu dentro del asentamiento significa explosión y puede llegar a una altura de 30 metros. El parque contiene cientos de piscinas de barro caliente y poco menos de 10 géiseres en actividad. Estructuras arquitectónicas del pueblo se ven limitadas a un portón tradicional, con la parte superior en forma triangular llevando a una casa larga. Este edificio asumía el papel como centro comunitario o asamblea del gobierno local donde la gente se encontraba para participar en los eventos importantes para su tribu. En esa época del año, no había ningún espectáculo o aborigen con vestimenta tradicional, quizás porque no era temporada alta de turismo. Estábamos algo decepcionados al no encontrar nada por el estilo pues pensábamos que Whakarewarewa brindaría algunas demostraciones de tradiciones antiguas u oportunidades para aprender algo más sobre la orgullosa herencia de los nativos. De igual manera, no desaprovechamos ni un momento la belleza natural de la isla del norte dejándonos con ganas de conocer Wellington y la isla del sur. Desafortunadamente, ese deseo tuvo que quedarse pendiente hasta que se organizara algún viaje en el futuro pues ya se aproximaba la hora de partir de Nueva Zelanda y volver a la vida normal junto con nuestras rutinas de siempre.

Maman, Brian y yo en la entrada de Whakarewarewa

Las relaciones entre los colonizadores europeos y los grupos Māori pasaron por algunos altibajos. Como mencioné en mi publicación anterior, fue apenas desde el siglo 20 que se generó una mayor conciencia formando una identidad común de los Māori. Anterior a esto, su identidad y cultura sufrieron de una negligencia en la vida diaria del país. Los grupos aborígenes lucharon para involucrar al gobierno federal dentro de un marco legal con el fin de proteger e incrementar su importancia dentro de la sociedad de Nueva Zelanda. Sus esfuerzos fueron tan exitosos que lograron incorparse a la imagen nacional. Sus pueblos ancestrales empezaron una migración hacia pueblos rurales y centros urbanos después de la Segunda Guerra Mundial, en busca de oportunidades laborales. Este éxodo contribuyó a una transformación metropolitana de su cultura costándole una desconexión de controles sociales tradicionales y  de las tierras de las tribus. Su calidad de vida mejoró, recibiendo acceso a servicios médicos, ingresos, empleos calificados y posibilidades de estudios superiores. Ahora, los Māori participan en todos los aspectos de la cultura y sociedad de Nueva Zelanda, viviendo un estilo de vida occidental, pero al mismo tiempo conservando costumbres sociales basadas en su cultura que han logrado perdurar desde la llegada de los europeos.

domingo, 22 de mayo de 2011

Nueva Zelanda - Los Bickford En El Fin Del Mundo

Nueva Zelanda fue el último tramo de nuestra aventura por la Polinesia. Después de otro vuelo eterno - esta vez cruzando la línea de fecha internacional - un amable agente de aduanas nos dio la bienvenida en el Aeropuerto Internacional de Auckland. Nos encantó este funcionario público con su comportamiento acogedor, similar al que sentíamos al llegar al aeropuerto Pearson en Toronto a principios de los años 1990. Nuestros homólogos canadienses en la actualidad se han distanciado de este tipo de actitud, prefiriendo a su manera adoptar un comportamiento agresivo y sospechoso en cuanto a los canadienses que vuelven a su país. Después de haber sellado el pasaporte, nos acercamos al mostrador de alquiler de autos, nuevamente obteniendo un servicio rápido, amigable y sin menor problema. Poco después ya estábamos en el estacionamiento frente a nuestro auto el que nos acompañaría a lo largo de nuestra estadía. Fieles a nuestras experiencias pasadas, procedimos a poner nuestros efectos personales en el auto para instalarnos en nuestros puestos de siempre. Mi madre y yo, nos sentamos en los asientos de atrás mientras que mi padre y Brian, adelante como de costumbre. Mi papá se dio cuenta que tenía la guantera por delante y mi hermano tenía el volante que lo retaba con su mirada desafiante. Empezamos a reirnos al darnos cuenta que nuestros nuevos amigos Kiwi habían adoptado los reglamentos y configuración británicos para conducir. Pocos países en el mundo decidieron conformarse con esa tendencia y fue la primera vez que tuvimos una experiencia así en cuanto a este sistema. Mi padre se puso al mando del vehículo, esta vez a la derecha, maniobrando para salir del estacionamiento con rumbo a la ciudad. Antes de encontrarse con el tráfico de la autopista nos advertieron por una bocina acompañada de una voz parecida al personaje Mick Dundee avisándonos "¡Están en el lado equivocado de la vía, amigos!" Mi padre calculó de nuevo su próxima maniobra mientras que el resto del equipo intentó de que el corazón volviera a su lugar después de haberlo sentido en la boca, esta vez siguiendo el flujo del tráfico.

Maman, Brian y yo en el Zoológico de Auckland

Nuestro primer día en Auckland lo dedicamos principalmente a adaptarnos al nuevo horario, evitando así un desajuste con el ritmo de vida en el país. Nos reportamos al hotel, el cual estaba situado cerca del centro financiero de la ciudad. Auckland es el centro de la economía del país y su urbanización representa un tercio de la población. También sirve de hogar a la concentración más grande de Polinesios, conocidos como los Māori, siendo 20,000 de los 1.3 millones de habitantes. La vida en el área metropolitana parecía llevar un ritmo fluido por las calles limpias y tranquilas, sobre todo comparando ésta con las otras ciudades donde tuve la oportunidad de vivir. Esto fue particularmente útil para nosotros ya que queríamos aprovechar nuestro tiempo al máximo. Varios letreros nombraban puntos de interés en la ciudad en inglés y Māori. El gobierno de Nueva Zelanda aprobó legislaciones protegiendo la cultura e idioma del grupo autóctono a mediados de 1980 para preservar la riqueza histórica del pueblo. Llegamos a la Bahía Hobson por la tarde, al Este del centro, listos para visitar Kelly Tarlton's Underwater World, un acuario con el nombre del famoso explorador marítimo Kiwi. Está ubicado a la orilla del mar y al entrar, uno desciende bajo el nivel del mar por unas escaleras eléctricas. Al encontrarse en los niveles inferiores, lo único que separa al visitante del mar es un sistema de domos y tubos de vidrio. La gente se mueve por el acuario de pié en tapetes automáticos, lo cual permite recorrer los tubos sin necesidad de caminar y al mismo tiempo poder admirar los animales nadando alrededor. No existen lugares donde uno pueda pararse para ver algo en particular, pero si uno desea volver a ver la vida marítima puede hacer el recorrido de nuevo todas las veces que desee. Nosotros lo hicimos unas tres veces pues habíamos quedado impresionados con esa experiencia.

Auckland estaba compuesta de una mezcla de edificios colonias tales como, la antigua sede del gobierno cerca de la Universidad de Auckland y torres de oficina diseñadas con una arquitectura moderna. Muchas de estas imagenes como ciudad compartían similitudes con grandes centros urbanos de norteamérica, manteniendo poco de las estructuras antiguas, reflejando una ruptura con su pasado aborigen dando camino al deseo cada vez mayor de habitar una casa en los suburbios. Hasta en algunos casos, ciertos edificios históricos los tiran para crear espacio para el futuro. El Victoria Park Flea Market era un edificio con una fachada clásica por fuera, pero por dentro, parecía un centro comercial moderno común. Este maravilloso lugar contaba con diversos artículos para llevarse de recuerdo que no se podían encontrar en ninguna otra parte del país. Entre mis recuerdos favoritos mientras paseábamos por los almacenes, era una tienda donde vendían cantidades de cosas divertidas. Una de ellas era una camiseta mostrando una caricatura de una oveja, sonriendo pero a su vez dando la espalda a su admirador, mientras un chorro amarillo llenaba una botella. La leyenda dictaba lo siguiente: "Cerveza Australiana." Me imaginé por esta descripción cómica que existía una cierta rivalidad entre los Kiwis y los Aussies. Compramos unas camisetas más discretas de color azul oscuro, con "Nueva Zelanda" escrito en letras grandes rojas y debajo de esto, la bandera nacional. Siguiendo el protocolo diplomático, habíamos optado por esta opción para no meternos en un conflicto en el que no teníamos nada que ver. Esta tienda también contaba con llaveros, figuritas, borradores, todos con el emblema nacional, el pájaro Kiwi. Éste es el símbolo con el que se identifican ellos, así como los canadienses lo hacemos con el castor, los americanos el águila calva o bien, los pueblos andinos con el cóndor. Hasta los restaurantes de MacDonald's en el país agregaban un pequeño Kiwi amarillo bajo los arcos dorados para darle a la franquicia un aspecto nacional. El menú incluía el KiwiBurger con la clásica hamburguesa de carne, huevo, remolacha, tomate, lechuga, queso, cebolla, salsa de tomate y mostaza como ingredientes dentro del pan. Esta combinación no nos convenció lo suficiente como para querer probarla.

La tarde la pasamos de vuelta en el hotel. Como parte de la cultura tradicional, se organiza una orientación para acoger los visitantes y la administración del hotel siguió fiel a esa costumbre. Nos invitaron a una cena en grupo dentro de una sala de conferencias. Nos recibió un empleado encargado de hacer una introducción, ante un carnaval de culturas, armado únicamente de un micrófono y un buen sentido del humor. Esta persona explicó brevemente sus obligaciones con la compañía y dedicó el resto de su monólogo a impartir sus conocimientos de las costumbres, tradiciones e historia local. Mi familia y yo, nos dimos cuento de muchos aspectos europeos - especialmente ingleses - por toda la ciudad pero poco relacionado con la cultura aborigen. Mientras escuchábamos respetuosamente nuestro orador y la mayoría de nosotros empezamos a probar el postre, continuó presentando el espectáculo de la noche: un grupo de hombres y mujeres Māori que llevaban la vestimenta tradicional y tatuajes tribales por todo el cuerpo. Iban a mostrarnos sus bailes incluyendo el reconocido haka (ha significando fuego y ka aliento). Esta rutina contiene movimientos bruscos, pisoteando el suelo con gran fuerza y gritos tribales. Algunos dicen que el haka fue inventado para crear una unidad entre los guerreros Māori en el campo de batalla e intimidar a los rivales. Es común ver expresiones en la cara como ojos abiertos en grande y la lengua por fuera lo más que se pueda. Parte de la explicación proponía que los guerreros harían sentir a sus rivales que si perdían, se los iban a comer vivos. Recuerdo que uno de los presentadores mencionó en su acento particular: "Para nosotros, el hombre más feo es el más buen mozo." Esta persona tiene el privilegio de potencialmente ser el guerrero más temido y en torno el miembro más respetado de la tribu. Hay variaciones de estos bailes tradicionales adaptados con el fin de acoger a los invitados, el verano, el invierno y también durante competencias en las que el equipo de All Blacks Rugby participan. Terminaron el espectáculo preguntando a los miembros del público si alguien estaba cumpliendo años. Poco después, nos anunciaron que iban a cantar la canción típica para este momento especial y empezaron a cantar exactamente la misma canción que todos usan en culturas inglesas. El famoso "Happy birthday to you." Todos respondimos a esto riéndonos del buen chiste. 

En One Tree Hill, Parados Sobre El Hombro Del Gigante

Los demás días que pasamos en Auckland nos permitieron pararnos en la cima de One Tree Hill, un lugar perfecto para disfrutar de una vista panorámica espectacular de la ciudad y sus dos muelles. Este monte sirvió como punto estratégico para los Māori donde construyeron un fuerte ( en el idioma aborigen) donde podían defenderse de ataques piratas y controlar la vía de comercio entre el oriente y poniente. Durante varios años, el monte vestía únicamente un árbol en el punto más elevado el cual fue considerado por la comunidad pre-europea como sagrado. Este árbol se dio con un final trágico en manos de un colonizador inglés quién lo tumbó. Algunos dicen que este acto fue hecho con la intención de vandalismo, pero otros lo defienden diciendo que simplemente estaba buscando leña para calentar su hogar. Independientemente, este árbol fue remplazado por un obelisco donde quedó enterrado Sir John Logan Campbell, conocido como el padre de Auckland. Éste simboliza su admiración por el pueblo indígena, lo cual explica la estatua del guerrero Māori en bronce que mantiene la guardia sobre el monumento y la tumba. Lo terminaron en 1940 para conmemorar el centenario de la firma del Tratado de Waitangi. Representantes de la corona británica y los jefes de los Māori llegaron a un acuerdo estableciendo un gobernador británico, reconociendo la pertenencia de los terrenos Māori y la extensión de derechos que gozaban los súbditos británicos. El monumento fue inaugurado oficialmente en 1948, pues el gobierno respetó la tradición de los autóctonos de no organizar festejos durante épocas de guerra. La presencia de los nativos en el área metropolitana era mínima, reducida a nombres de barrios, mostrando así la dominación cultural británica y europea. Estábamos convencidos de salir de la ciudad en los días siguientes en busca del pasado de las tribus y sus asentamientos en la isla del Norte.

domingo, 15 de mayo de 2011

Tahití - Cerrado Por El Tifón

En el Océano Pacífico existen varias islas apartadas del resto del mundo creadas por la Madre Naturaleza debido a erupciones volcánicas. Entre ellas, está el paraiso tropical llamado Tahití, nuestro segundo destino en la aventura por la Polinesia. El aeropuerto internacional fue nuestro punto de entrada después del largo recorrido desde Hanga Roa. Durante el vuelo nos acompañaron los Mambo Kings por segunda vez. Tahití hace las veces de centro administrativo de los territorios franceses en las Islas de Barlovento. Este precioso archipiélago es reconocido por sus playas de arena negra y su supercificie pequeña pero montañosa. Los primeros habitantes fueron Polinesios, arribando a la región cerca de los años 300 AD y la arquitectura de este pueblo antiguo aún se puede admirar en toda la isla, inclusive en la capital, Papeete. Aproximadamente 70% de la población es de origen autóctono y el resto proviene de China, Europa, o mezclas entre culturas, conocidos como demis. Tahití se anexó a Francia en 1880 y como resultado, el único idioma oficial es el francés, aunque el idioma nativo es Reo Tahiti. comunmente hablabo por la mayoría de la gente. Tahiti se encuentra a unos 4,400 km al sur de Hawai, a unos 7000 km al oeste de la costa chilena y 5700 km al este de Australia. La isla tiene una carretera pequeña que circunvala las montañas vestidas de una selva tropical abundante, además de la costa con su mar infinito. El cambio de estación no es marcado como en otros países, pero se distingue entre época de lluvia y la estación seca. Los días que pasamos en esta isla remota fueron durante la temporada de lluvia.

Le truck, el transporte público

Mientras nos sentábamos en la mañana para el desayuno, nuestro día de aventura presentaba un día gris con el clima mojado y con viento. Durante la noche cuando estábamos recargando las pilas para empezar una nueva aventura, se instaló una tormenta tropical sobre nuestra isla causando un cese a las activades en el paraíso. Teníamos programado un viaje por transbordador a Moorea, sólo a 9 km de distancia al noroeste del puerto de Pepeete, el cual terminó siendo cancelado debido al tifón. Mi papá no desistía de nuestro plan y nos llevó por toda la ciudad en busca de un avión, barco o cualquier otro medio de transporte que nos pudiera ayudar a cruzar la bahía. Hasta un barco de pesca armado de un capitán ambicioso nos hubiera podido ser útil en un peligroso viaje. El dinero no parecía funcionar como incentivo para los habitantes al enfrentarse contra la naturaleza que no perdona. Este comportamiento era admirable pero muy contra-producente para nosotros pues mi padre no quería darse por vencido hasta no probar todas las opciones. Estoy seguro que si hubiésemos estado en una situación en la que no teníamos que cargar equipaje hacia el otro lado, mi padre hubiera considerado nadar 9 km. Después de haber pasado unas horas de investigaciones seguidas de comentarios como "¡Tengan cuidado, hay un tifón!", mi padre percibió que tenía que rendirse ante las circunstancias. Yo podía darme cuenta de lo duro que esto fue para él, apesar de que todos los demás, ya nos habíamos dado por vencidos confiando en la sabiduría del pueblo referente al clima y el océano. Estábamos tan cerca y no podíamos alcanzar nuestra meta. ¡Qué frustrante puede ser ver con tus propios ojos el destino pero no tener ningún poder para alcanzarlo! Recuerdo a mi padre señalando desde el puerto a dónde teníamos que ir. Aunque no se encuentre ningún consuelo, todo tiene su motivo en la vida. Nos enteramos de esto por la tarde cuando vimos el único noticiero en la televisión mostrando Moorea y nuestro hotel construido sobre unos palafitos que desaparecieron, seguramente en algún lugar al fondo del mar, donde la vida es menos sabrosa.

Al quedarnos abandonados a la suerte en nuestra isla rodeados por nubes repletas de furia tropical, decidimos que debíamos cambiar nosotros mismos nuestra suerte. Ya paseamos lo suficiente a la orilla del puerto, donde se encontraban hoteles y tiendas para los turistas durante el fracaso de nuestra saga de transporte. Todo por esa zona estaba cerrado debido al tifón. El puerto también era un punto de parada para cruceros y me imaginaba barcos llenos de pasajeros en una danza incómoda dictada por el movimiento de las olas y la fuerza del viento. Definitivamente, el mejor lugar en estos momentos es tierra firme. El único negocio abierto con el que nos cruzamos fue un mercado en el que compramos unos sandwiches deliciosos como los de Francia, llamados Croque Monsieur, los cuales nos sabían deliciosos después del hambre que pasamos intentando de encontrar un restaurante de comida típica abierto. Era ideal para nosotros pasar un tiempo saboreando  un almuerzo para quemar el tiempo que era algo que teníamos en abundancia por esta insoportable tormenta. A parte del mercado, había un cine que estaba abierto a los refugiados del clima. No tenían películas del cine nacional en pantalla (probablemente porque la comunidad de actores era muy limitada) pero no encontramos obstáculos para obtener entradas para una película llamada Navy Seals. Tampoco fue problema el hecho de que mi hermano y yo eramos menores de edad para poder entrar al cine, quizás también por la escasa clientela. El público era parecido a la de la película de Cape Fear, donde una familia está sentada viendo la pantalla mientras les estorbaba la compañía de Robert De Niro y el humo de su habano. Navy Seals protagonizaba un joven Charlie Sheen quien liberaba un grupo de fuerzas especiales resistiendo todo tipo de clima difícil, con el fin de llevar una misión secreta al Oriente Medio. Mientras admirábamos estos soldados en una lucha incansable para llegar a su meta sentimos una afinidad por ellos pues el tifón frenó nuestra travesía. La vuelta al cine terminó después de casi más de una hora y media de nuestro día. Después de esto nos fuimos de paseo en el medio de transporte del pueblo, conocido como Le Truck, un servicio muy limpio, respetuoso y amable. Le preguntamos a la conductora qué tanto nos podía acercar a nuestro hotel y viendo que eramos los últimos pasajeros para bajarnos del bus, nos dejó a la entrada del mismo. La gente en este lugar era muy amable y parecía hacer todo lo posible para ayudar a la demás gente. Supongo que muchos de ellos se conocían entonces ese elemento permitía un estilo de vida más fraternal comparado con el mundo trascendental de las grandes ciudades, donde el ritmo de vida es acelerado y la vida es dictada por el estatus social, lo cual limita el intercambio. Este tipo de comportamiento no era en lo absoluto compatible con la cultura del lugar.

Al día siguiente aún no daban señales de que el clima tropical mejoraría. Moorea se veía más lejos que nunca. Después de consumir nuestro desayuno continental, mi padre estaba planeando las actividades del día. Cada vez que se daba cuenta que Moorea se había convertido en una causa perdida, sus contribuciones a la charla en la mesa se volvían menos frecuentes dejando paso a una frustración muy comprensible. Nos propuso que alquilaramos un automóvil para recorrer Tahití. Esta ideal fue perfecta para llegar a los puntos de interés como por ejemplo los jardines botánicos. Todos pensamos aprovechar esta maravillosa oportunidad para admirar la naturaleza tropical que adornaba la mayoría del territorio. Al estacionarnos frente al parque, un letrero nos anunciaba que los jardines estaban cerrados debido al tifón. Empezamos a preguntarnos si la gente usaba el clima como pretexto para tomarse un día de reposo. Tendríamos que buscar otro lugar para visitar. Mi madre en esa época era una maravillosa artista y había pintado unos paisajes espectaculares durante nuestra estadía en Venezuela, entonces continuó en Chile cuando disponía de algún tiempo libre. Como artista y francesa, Tahití le tenía un tesoro reservado sólo para ella. Nuestra próxima parada era la galería Paul Gaugin. Mientras recorríamos la ruta para llegar pensando si cerrarían también por la innombrable circunstancia, seguramente mi Maman estaba imaginándose las obras que iba a encontrar. Gaugin nació en Paris, Francia a mediados de 1800 y era reconocido como un pintor post-impresionista. El había pasado varios años en la Polinesia francesa dedicándose a pintar gente y sus vidas a su propia manera. Se había enamorado de esa nueva cultura y murió en una isla de la colonia. Este lugar era uno de los pocos abiertos, pero después de todo, le dejó a mi madre con una cierta decepción pues era una exposición de copias de las piezas originales. De cualquier manera estábamos felices de haber encontrado un lugar abierto. Además logramos aprender un poco de las obras de arte para poder formular la frase "Vahine raki raki" significando, mujer fea, gracias a una pintura de Gaugin.

Maman, Brian y yo con edificios de estilo polinesio

Uno de mis recuerdos más especiales de este viaje ocurrió poco después de la visita al museo, al volver hacia Papeete para completar el círculo de la isla. Paramos por la ruta donde a la derecha el mar se anunciaba con el golpe rutinario de las olas contra la costa, y a la izquierda, una barranca con un agujero pequeño junto al camino. Este fue el tesoro de mi padre. Las olas al golpear contra la costa, están en realidad enfrentándose ante un sistema de agujeros y cuevas que forman el terreno de la isla. Esto se debe, a que todo es piedra volcánica y tiene un parecido al queso suizo (similar al queso de los dibujos animados llenos de agujeros) y si estas perforaciones presentan las condiciones adecuadas para que materia pueda encontrar una salida, se crea una salida violenta de niebla húmeda por el lado contrario. El poder natural de cada ola crea su propia explosión acompañada de un sonido de tamborazo, lo cual pudimos constatar de cerca. Este fenómeno se llamaba El Hoyo Soplador (en letra mayúscula en honor a la importancia que le designó mi papá). Cada rociada parecía un breve manguerazo en harmonía con la marea y esto parecía encantarle a mi padre. El quería documentar este gran descubrimiento con su cámara y quería que Brian y yo posaramos para comprobar que los Bickford se midieron con el glorioso Hoyo Soplador. Los dos decidimos echarnos para atrás pues no deseábamos entrar en contacto con la rociada y mi Maman fue muy astuta animando a mi padre para posar y que nosotros capturaríamos el momento en foto. Como resultado, mi padre aún narra esta historia con una gran sonrisa recordando el malestar de una húmedad salada dentro de los pantalones por la rociada del hoyo soplador. Siempre termina el cuento con su risa característica. La vida esta llena de recuerdos especiales y nunca olvidaré cómo pasamos tan entretenidos aun teniendo que improvisar nuestros planes. El cuento del hoyo soplador siempre será una historia para contar a futuras generaciones.