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El Embajador del Japón Aoki con su esposa Naoko reciben el Canciller Francisco Tudela |
Ese mismo martes por la
tarde, Brian y yo descansábamos como lagartijas bajo el sol, disfrutando de
programación televisiva americana de lo más estupefiante – teníamos los canales
principales procedentes de Denver, Colorado, gracias a nuestro querido
proveedor Cable Mágico – mientras Maman cumplía con un plazo
estrictamente marcado para entregar las notas de sus alumnos cerrando el ciclo
del semestre. La mobilidad de Dad se vió terriblemente limitada al contraer un
terrible virus estomacal obligándolo a permanecer lo más cerca posible de su
fiel amigo hecho de porcelana blanca. Mejor no entremos en más detalles sobre
este tema. Él era la mano derecha de nuestro embajador, lo cual significaba que
debía ir a la función diplomática esa misma noche, pero debido a su malestar,
rehusó educadamente su asistencia. Nuestro Embajador Anthony Vincent y esposa,
Lucie, fueron los únicos representando nuestro gran cuerpo diplomático
brindando una sonrisa amable, una gran caracteristica que define nuestro país.
Además de ellos, los padres de varios de mis amigos del colegio habían sido
invitados para participar en ese momento tan especial, brindando un gran
respeto al pueblo japonés. La gente de la tierra del sol naciente también tuvo
el gran honor de recibir miembros de la familia del Presidente Alberto Fujimori
(varios de ellos muy activos en el mundo político), ministros de gabinete y de
gobierno. ¡Qué gran lista de celebridades!.
La elegante velada
prometedora se vió interrumpida por un gran tamborazo. En ese momento, se
mezclo al coctel con un elemento infiltrado transformándolo así al estilo
Molotov. Una gran detonación en uno de los muros en la parte de atrás de la
residencia, dando paso a 14 miembros del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru
(mejor conocido por las siglas MRTA), con Nestor Cerpa Cartolini encabezando la
lista de los intrusos a la fiesta. Mientras Tim Taylor y sus payasadas en Tool
Time nos mantenían ocupados tanto a Brian como a mí, Dad bajaba las
escaleras ahora vestido en su muda laboral, seguido por mi Maman, ambos
entrando a un galope frenético para que mi madre lo despidiera dejándolo a la
suerte de la oscuridad de la noche limeña. Aparentemente, el chofer del
Embajador Vincent, Segundo, lo había llamado por teléfono para avisarle que algo
andaba terriblemente mal. Mi hermano y yo, nos preguntábamos lo que sucedía sin
tener ni un momento para llegar a cualquier conclusión. Mi madre se acercó a
nosotros anunciado a la vez de cambiar el canal para ver las noticias locales.
Como hijos sumamente obedientes, lo cambiamos sólo para ver el barrio de San
Isidro – un prestigioso barrio de Lima – sin poder ver esos anuncios estilo CNN
explicando los acontecimientos, viendo la cobertura de los hechos. De repente,
pudimos distinguir todo tipo de vehículos militares, la versión peruana del
SWAT americano y otros agentes de seguridad apoderándose de las calles en un
ambiente impregnado de aire lacrimógeno y disparos intercambiados. Lo único que
los medios parecían haber averiguado fue la explosión pero al parecer nada más.
El peruano ya conocía ese mundo de explosivos, coches-bomba y violencia de
aquella época oscura del terrorismo que juraban haber dejado atrás con el paso
del tiempo, al ver el Sendero Luminoso y su liderazgo derrotados.
Después de largas horas de
ver el reportage sin tener noticias de Dad, parecía que se nos definía
lo sucedido. Una crisis de rehenes. Mi padre estaba en la Embajada en
Miraflores, organizando un centro de control para la crisis al intentar de
averiguar detalles de conflicto cuadrando informaciones con Ottawa. Les pidió
al agregado de la Policia Real Montada Canadiense, al personal de seguridad y a
los servicios consulares que brindaran el apoyo necesario. Querían estar listos
para cualquier incidente que se pudiera presentar. Mi primer reflejo ante tal
situación fue de dar gracias a Dios por el malestar de mi padre y el trabajo de
mi madre, si no, hubieran estado dentro de la caldera con los demás. Después el
foco de mi concentración giró en torno de esa caldera y sus ingredientes. Pensé
en la diversidad cultural y nacional que existía en mi colegio dándome cuenta
que seguramente los padres de algunos de mis amigos estaban allí, dentro de la sopa que se preparaba. Realmente,
hasta los conocidos del colegio. ¡Ufa! ¿Qué iba a pasar con ellos? ¿Volverían a ver sus
padres nuevamente? ¿Podrían los terroristas ejecutar a alguno de ellos para
demostrar al gobierno peruano su seriedad en este desafío rebelde? Todos los
escenarios presentados en esas películas inyectadas de adrenalina y suspenso
hollywoodense eran posibles. Seguramente esto nunca hubiera sucedido en el
Canadá.
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El Embajador Anthony Vincent al ser soltado por el MRTA |
El reloj de pared marcaba las 2:00 AM y poco después vimos los primeros
rehenes salir en libertad. Estos eran en su mayoría mujeres y miembros
exclusivos del club de la tercera edad. Dentro del elemento femenino, los
terroristas acaban de soltar nada más ni nada menos que la madre de Alberto
Fujimori, quien hubiera pudido ser una pieza importante en futuras
negociaciones con el gobierno. Ésta era una sociedad dominada por el género
masculino, compartiendo ese elemento con muchos vecinos en la región, entonces
era imposible ver más allá del aspecto femenino y el valor estratégico de esa
mujer. Dentro de las próximas 24 horas, nuestro Embajador Anthony Vincent salió
libre junto con Heribert Woeckell de Alemania y Alcibiades Carokis de Grecia
(ambos volaron en el primer avión disponible rumbo a su país de origen al
recobrar la dulce libertad) y Armando Lecaros, el Ministro de Relaciones
Exteriores en aquel momento. El MRTA los soltó bajo los términos de que entregaran
lo que exigían al Presidente Fujimori para poner en marcha la negociación. Los
peruanos no podían ceder su posición ante los revolucionarios, negándose a
mediaciones y su jefe de estado jamás recibió ni a Vincent, ni a Lecaros. No
era aún el momento ni como para bajar la guardia ni para respirar aliviados
porque aún faltaba por determinarse el futuro de los demás, más de 300 rehenes en la residencia
japonesa, mismo mucho después al ver que permanecían 72. Algunos de mis amigos
como Kensuke Kobayashi y Jorge Gumucio iban a tener que esperar mucho tiempo en
el limbo sin saber si algún día volverían a abrazar a sus padres en casa.
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