Un(a) niño(a) de tercera cultura (TCK / 3CK) o niño(a) trans-cultural es "una persona que, como menor de edad, pasó un período extenso viviendo entre una o mas culturas distintas a las suyas, así incorporando elementos de aquellas a su propia cultura de nacimiento, formando una tercera cultura."

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domingo, 6 de mayo de 2012

Un Choque Cultural Inverso

Ya me estoy aproximando al final de mis años de adolescente en estas entradas lo cual me llevó a la decisión de cambiar un poco la estructura de mis próximas publicaciones. Como de costumbre, los invito a escribirme si hay algo en particular que desean que les cuente pues también me ayuda a distinguir los temas que realmente son de su interés. Me dará mucho gusto cumplir con sus sugerencias. Tomen nota de que esto es mucho más interactivo que una televisión. De vez en cuando, les contaré acerca de viajes pero prefiero mantener el foco del discurso en temas (los pros y los contras) específicos para los niños de una tercera cultura/transculturales – aunque algunos de nosotros ya no somos menores de edad, esta etiqueta aún se usa para la gente de edad adulta. El paso de la vida junto con sus experiencias y desafíos tienden a definirnos como personas: lo que somos, quienes somos y lo que puede significar todo en conjunto. No me considero de ninguna manera un especialista pero espero que al compartir mis anécdotas pueda ayudar a aclarar el drama con el que vive gente en una situación similar. Quién sabe, puede ser que encuentre alguna respuesta o exista una para mí que podamos compartir

La preciosa ciudad de Ottawa

Al volver al Canadá después de cuatro años en el Perú fue un gran reto para mí a los 18 años. Desde el primer momento en el que llegué a Lima, no veía la hora de volverme a meter al avión rumbo a Canadá. El Littlest Hobo no estaría orgulloso de mí para nada. Ahora, me sentía emocionado de estar de vuelta en mi país al pasar la aduana con mi familia, pero el sabor ya no era el mismo. Era como jugar Mario Brothers usando el personaje de Luigi: algo estaba fuera de lo normal. Tal como lo comenté anteriormente, muchas cosas pueden cambiar en un lapso de cuatro años y durante ese tiempo, establecí fuertes raíces con mis buenas amistades que hice durante la misión. Ninguno de ellos me acompañaba para inciar esta nueva etapa de mi vida – como siempre. Estoy seguro que muchos de nosotros tenemos las mismas expectativas de la vida psicológica y emocionalmente al volver a casa después del campo de batalla y haber estado como en exilio: en secreto pedimos un desfile triunfante, cómo el de las grandes películas de Hollywood, con calles llenas de gente bailando, confeti bajando de los cielos y bandas animadas tocando temas alegres para recibir a sus héroes. Desafortunadamente, no hay nada que se aproxime a ese enorme festejo. Muchas veces, no hay ni siquiera una sola persona en la terminal con por lo menos un globo o una pancarta que diga “¡Lo lograste!” o “¡Bienvenido a casa!”. Sobre todo, ni siquiera se cuenta con los oficiales del control de pasaportes de tener ese tipo de reacción. Tienen un trabajo muy serio los pobres, el cual no les permite tener ningún sentido del humor.

En vez de ser recibido como un héroe, hay un mejor paralelo con los veteranos de Vietnam. Nadie entiende por qué estabas fuera de tu país y realmente ni les importa. Fue une guerra inútil en la que no hubo ganador. Todos perdieron. La mayoría de los adultos que contribuyen con una parte de su salario a nuestro sistema de impuestos, consideran a las familias como la mía como sanguijuelas que extraen la sangre de la alcancía federal. La forma más común de darse cuenta de lo que he mencionado anteriormente, es que creen que los diplomáticos junto con sus familias se la pasan veraneando todo el tiempo en la playa, tomando piñas coladas con amigos y trabajando incansablemente para lograr un bronceado perfecto. ¡Qué gran vida! Que pena que me tocó esa misión. Sinceramente, es imposible para los demás imaginar el sacrificio – pues como todo, hay que haber estado en los mismos zapatos para entender todo el cuento – de esta gente y lo que hacen, manteniendo la cabeza en alto orgullosamente al representar su amado país en el extranjero. Muchas personas de mi edad parecían reaccionar ante mis cuentos de haber visitado las piramides aztecas, las ruinas incaicas, la selva venezolana, perdernos en Curaçao, como si estuviese pidiendo que me presten atención. Por otro lado, también veían mis temas de conversación como un tipo snob que se la pasa trotando por el planeta con los bolsillos llenos de un presupuesto infinito. A la larga, esto alimenta un sentimiento de alienación, llevándolo a uno a pensar que todo lo que vivió y logró fue un acto criminal del que se debe uno de avergonzar. Si le pasa lo mismo a usted, mi querido lector, no se sienta mal en lo absoluto. Todos tenemos derecho a vivir nuestras vidas tal como podemos y queremos.

Antes de salir en misión, el diplomático recibe cierto tipo de formación incluyendo lo que se puede esperar al llegar a otro país para apaciguar el temido ‘choque cultural.’ Ninguna transición es realmente perfecta pero lo mejor que puede uno hacer, es tener una mente abierta. No hay manera para prepararse para golpes de estado, el terrorismo, la dictadura, apagones, etc. Entre menos se espera, mejor pueden ser las cosas, ese es mi lema. Luego,  se le recomienda a esta persona que pase esta nueva información a sus dependientes. Por otro lado, al volver de misión no hay ningún apoyo en lo absoluto ni al diplomático, ni a su familia. La idea que tiene la dirección general es que uno vuelve a casa y nunca se olvida uno como es. ¡PLOP! Esto es raramente el caso sobretodo después de largas ausencias. Como ya lo he mencionado anteriormente, mucho puede suceder durante cuatro años y mucho más para los menores en su querida tribu de nómadas. Quizás el mejor paralelo que puedo hacer con ese sentimiento extraño de volver a un lugar conocido – el supuesto hogar – sin poder identificar los detalles dejados atrás durante su ausencia, es un despertar de un estado de coma. Hasta la gente más cercana cambia su manera de verte, pareciéndoles curioso que ya no recuerda uno lo que sucedió por estar fuera. Al pasear por TU ciudad, alguien puede interceptarte para pedirte indicaciones de cómo llegar a un cierto lugar y realmente no tienes ni al menor idea de qué recomendarle a esa persona. ¿No se supone que es usted de acá? Nos pasa a todos.


Claramente inevitable


La reacción más común cuando uno vuelve a su país es buscar lo conocido. Este fue uno de los motivos por qué decidí estudiar en la Universidad de Ottawa. Yo había vivido en Ottawa durante algún tiempo. Seguramente no había cambiado tanto o por lo menos algunas cosas permanecerían iguales a lo que recordaba. Además busqué amigos de aquella época cuando estudiaba en Claudel, lo cual realmente me hizo pensar nuevamente en lo que puede cambiar en un período de cuatro años y lo que fue, no volvería a ser. Como si le arracaran las páginas de un capítulo entero de un libro de historia. Ya estoy de vuelta y me encuentro con un "qué me importa" metafórico que no se quita del camino. Uno de mis amigos había cambiado mucho al superar un cáncer que casi acabó con su vida que recién empezaba. Otro amigo me dijo que creía que era mejor no ser amigos. Según él, ya había pasado mucho tiempo y ahora ya no teníamos en lo absoluto nada en común sin realmente tomarse el tiempo para comprobar su teoría. Me empezaba a dar cuenta que debía cambiar nuevamente mi chip para considerar Ottawa tan sólo como una nueva misión. Como tal, iba aprender todo nuevamente para empezar una nueva vida pero ahora sin mis padres que estaban en México en misión y mi hermano en London, estudiando. ¡Aurrerá!

domingo, 4 de marzo de 2012

Caracas – Volver A Casa

Cuando volvemos a nuestra ciudad después de un largo turno de servicio, sentimos dentro de nosotros como si un terrible vacío se acabara de llenar, encontrar esa paz que necesitábamos. Puntos estratégicos en este centro urbano desencadenan una serie de recuerdos al volver a respirar el dulce aire del ambiente, especialmente recorriendo las calles por las que solía transitar para ir al colegio, el lugar donde trabajaba uno y eventualmente trayendo más elementos a la memoria que parecían haber desaparecido. Dependiendo del tiempo pasado en exilio, algunas edificaciones ya no se ven exactamente como las recuerda uno. Esa memoria que creíamos fotográfica resultó tomar fotos desteñidas como una imagen Polaroid. En otros lugares, la naturaleza se apoderó de lo que eran jardines inmaculados ayer, los colores ya no coinciden y los edificios parecen haber sufrido ese abandono de tu ausencia. La ciudad pensaba que no volverías. Otros lugares parecen estar pasando por un boom, radiantes como si quisieran apoyarte en tus historias que “allá, las cosas son mejores.” La vida siguió sin ti y ahora los pedazos del rompecabezas mental ya no encajan tan naturalmente como lo hicieron tantas veces en el pasado.

Maman y yo en la bella Caracas
Para Pascua, 1998 – la Semana Santa para los países católicos, pues en los países protestantes se observa únicamente como un fin de semana de 3 días – Dad, Maman y yo nos montamos al avión rumbo a Caracas como parte de nuestra evacuación rutinaria. Maman logró encontrar nuestros queridos amigos, los Marquez, quienes estaban de vuelta luego de su misión en Quito, Ecuador. Después de nueve años, ya estábamos de vuelta. Nos avisaron de la misma forma que cualquier buen amigo lo haría, que quizás no era prudente ese viaje, principalmente porque Caracas pasó por el quirófano de un cirujano plástico ciego. La cosa no había cambiado mucho. Este gran sheik petrolero de Suramérica ganaba una reverenda fortuna vendiendo sus recursos naturales a un consumidor sujeto a los precios de mercado establecidos por una pequeña mafia de reguladores conocidos como la OPEC. Sin embargo, este tremendo productor no quería compartir las ganancias con la gente más pobre del país, sufriendo en unas condiciones de vida peores que cuando vivíamos allí. Realmente, el cambio más notable era la taza del crimen que incrementaba a una velocidad alarmante. Todos conocíamos el peligro, mismo porque cuando radicamos en ese lugar, tampoco era tan seguro, pero era una oportunidad perfecta para reunirnos nuevamente con nuestra querida familia venezolana. Normalmente, las probabilidades mejoran algo cuando se tienen contactos estratégicos que conocen bien su ciudad.
Jhonny y Juan llegaron al aeropuerto en Maiquetía, un lugar que conocimos muy bien durante nuestra misión de 1986-1989. Paseando por el área de llegadas, me sentí como si el procesador del computador mental estubiese buscando imágenes dentro de mi registro de archivos guardados, intentando reconocer cada milímetro de lo que tenía ahora enfrente  de mí. Me sentí como de vuelta en casa nuevamente, y me sentí totalmente feliz. Juan y yo pusimos las maletas en el baúl del auto cuando noté una perforación circular sobre la parte trasera en el lado del conductor del Mercedes,  de clásico color limón. En camino a Caracas dejando La Guaira, pregunté lo que causó este misterioso defecto y me explicaron folclóricamente que algún malandro armado disparó un par de veces en dirección del auto y sólo una bala impactó en esa parte del vehículo. Todos nos preguntamos si ese acto de agresión fue provocado o no. Mientras nos explicaban, nadie pensó paranoicamente en la realidad del peligro en la ciudad si no que reaccionamos todos ante este monólogo como un hecho curioso de la vida cotidiana. El señor tenía una gran don para contar anécdotas, totalmente despreocupado, lo cual hacia parecer cualquier circunstancia como algo cómico. No se puede decir realmente, que cosas por el estilo nunca nos sucedieron en mi familia, sobre todo a los que me vienen siguiendo desde el principio. Cuando uno debe vivir una vida normal dentro de un ambiente de inseguridad, uno se vuelve desensibilizado y logramos encontrar humor en situaciones complicadas. La vida se vive un poco más fácil así. Realmente, no hay nada que se puede hacer para cambiar esa realidad negativa y a veces, en vez de sentirse sin autoridad, reirse ayuda a apaciguar las preocupaciones aunque sea de forma temporal. De otra manera, uno terminaría encerrándose en el armario que uno quiera cómodamente, pero eso hace más daño al bienestar y salud mental a largo plazo.
Fue genial ver esos edificios que caracterizan la bella Caracas, como el Teatro Teresa Carreño, el Museo de Bellas Artes, el Museo de Arqueología, la Plaza Bolívar y el Capitolio Nacional. Todos estos lugares reactivaron mis células de la memoria. Tampoco puedo olvidar de mencionar el tremendo sistema de autopistas de la ciudad. Todos estos monstruos espectaculares de concreto se ganaron sus propios apodos, tal como el ciempiés y el pulpo, por todas sus entradas e intercambios de tráfico vehicular. Las calles de Venezuela seguían mereciendo su presencia en el mapa. Aún dominaba la motocicleta dentro de los embotellamientos. El mayor cambio dentro de la decoración urbana era el número de Wendy’s lo que me resultó muy extraño. En las ciudades de Suramerica, normalmente había visto Burger King y a veces Pizza Hut – tenían los mejores juegos para los niños – y MacDonald’s siempre llegaba cerca de nuestra fecha de partida. Ese síndrome de los Arcos Dorados era una coincidencia muy peculiar. En los años 80 y 90, jamás ví un Wendy’s fuera de América del Norte. La misma noche en que llegamos a Caracas, fuimos a cenar a Hollihan’s. Generalmente es un restaurante termino medio en la escala americana pero en los mercados del sur, tiene un toque más refinado para el público similar al de Tony Roma’s y TGI Friday’s. Las demás comidas nos trajeron de vuelta a la dieta venezolana junto con sus deliciosas arepas, tequeñones y el pabellón criollo. Cuando uno viaja por el mundo, se tiene uno que permitir aprender más de esta experiencia a través del mundo de la gastronomía, desarrollando su maravilloso paladar – un verdadero regalo de nuestro creador – y notará inmediatamente la ventaja. Hay un enorme mundo de sabor fuera de casa. Poder aprovechar la compañía de nuestros queridos Márquez junto con la respectiva risa y diversión lo que le agregó aún más sabor a la comida. Una buena comida siempre debe ser acompañada de buena compañía.
Con nuestros amigos los Marquez en Venezuela

Este regreso a Caracas no tuvo paralelo con ninguna otra experiencia que había vivido hasta la fecha. Cada centro urbano en el que estuvimos en misión se conformaba a una rutina de tres años. Durante este tiempo, yo me volvía parte de esta ciudad, absorbiendo elementos de su cultura, conociendo varios atajos – mi sentido de dirección era igual desde chico y jugaba el papel de un GPS para mi padre para evitar embotellamientos en nuestro camino de punto A a B – y respiraba ese mismo aire que todos los demás ciudadanos. De cierta forma, me ganaba mi lugar en cada magnífica ciudad. No obstante, después de cada misión, siempre empacábamos nuestras cosas sabiendo la alta probabilidad de que nunca volveríamos, dejando ese capitulo atrás en el libro de nuestras autobiografías. Este viaje rompió con ese patrón establecido. Era curioso que, aunque sin importar los años que quedaron atrás, mi lugar entre la gente de Caracas parecía seguir allí como si me estuviese esperando. Aún pertenecía a esa energía que hacía vibrar el corazón urbano de la ciudad. Me sentía entre mi gente con mis queridos caraqueños como si este fuese mi hogar. El significado de hogar parecía más complicado ahora en mi diccionario. Me preguntaba si me sucedería lo mismo al volver a Brasilia y Santiago ya que sentía una gran afinidad por estos lugares mismo sin tener lazos con gente por allá. Venezuela formaría para siempre parte de mi ser.