Un(a) niño(a) de tercera cultura (TCK / 3CK) o niño(a) trans-cultural es "una persona que, como menor de edad, pasó un período extenso viviendo entre una o mas culturas distintas a las suyas, así incorporando elementos de aquellas a su propia cultura de nacimiento, formando una tercera cultura."

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domingo, 12 de febrero de 2012

Cuando 2 Significa 4

            Al inicio de nuestra campaña limeña, la misión iba a ser por 2 años. El Ministerio de Relaciones Exteriores del Canadá determina el grado de dificultad de un país tomando en cuenta la calidad de vida – amenazas de violencia, servicios médicos, agua potable, en fin, todo lo necesario para llevar una vida normal – en consideración al presentar la propuesta del lapso de tiempo de cada misión. Debido a las consecuencias de la crisis del MRTA y el papel importante del Canadá en aquella época en Lima, nos pidieron de quedarnos un años más. Seguramente, el hecho que mi madre debía seguir tratamientos de radioterapia fue fuertemente considerado a la vez. Creo que hubiera sido un pecado mortal obligar a mi madre a mudarse nuevamente bajo esas condiciones, cuando no estaba ni siquiera en camino a la recuperación. Claro que la habían dado de alta de la Clínica Montesur, pero esa terapia era necesaria para asegurar que todas las células malignas desaparecieran para siempre. Todos debíamos adaptarnos ahora a una nueva vida, incluyendo Brian a unos 6,000 kms de distancia.

El siempre serio David Bickford
            El famoso Grado 11 me presentó nuevos retos. Estaba haciendo mi debut académico en la elite escolar, iniciando el Bachillerato Internacional, un paso necesario para garantizar la entrada a la universidad que eligiera en mi país – con una gran probabilidad de ganarme una beca. El curriculum, como muchos de mis compañeros y compañeras estarían de acuerdo, requería mucho más esfuerzo que los programas americanos o peruanos ofrecidos en nuestra institución. Mis cursos favoritos eran BI Historia de las Américas, mi querido continente desde Tuktuyaktuk hasta la Tierra del Fuego y ITGS, el que me dio la introducción al mundo maravilloso de la informática. En el sistema del Liceo Francés, el enfoque era desarrollar el funcionamiento del cerebro utilizándolo, prohibiendo el uso de calculadoras o computadores y debíamos memorizar absolutamente todo. La moral en este cuento para ellos era, que si uno no se ejercita ese músculo, se termina perdiéndolo. De cualquier manera, me encantó poder usar mi creatividad para dar vida a mis ideas gracias a la tecnología, desarrollando una página para mi equipo de softball del colegio y mis propios sitios Web brindando homenaje a mis grupos musicales favoritos. Mi propia facilidad para aprender el uso de esos aparatos me sorprendió.

            Esta época también propulsó mi patriotismo cuando nuestra embajada recibió los expertos en seguridad de CSIS y la RCMP de nuestro país. Estos profesionales llegaron al sur para hacer una evaluación de la seguridad de  nuestras casas, mejorar las defensas de la embajada en Miraflores y la residencia del embajador y formar la policía que serviría de escolta a nuestros vehículos oficiales donde quiera que fueran. Sabía que si ellos estaban a cargo de nuestro bienestar, estábamos todos en buenas manos. Después de todo, el agregado de la RCMP en la embajada era una persona de primera, demostrando ser tanto un gran ejemplo como profesional en nuestra policía como también un miembro querido de nuestra comunidad de canadienses expatriados. A mí me parecía que todos los que lo conocían lo querían de inmediato, incluyendo sus contrapartes en los servicios de seguridad en países vecinos.

            Uno entre tantos de los muchos cambios en mi rutina normal fue la introducción a los guardaespaldas. Mi padre debía estar siempre acompañado de uno y era un policía peruano muy amable llamado Roberto Mendoza. Siempre parecía estar alerta a todo y jamás se comportó de manera inadecuada. Solía hablar con él, bromeando a veces, y logré crear una buena relación con él. Yo estaba totalmente convencido que si le llegaba a pasar algo a mi padre, el haría todo lo que fuera para protegerlo. Mi padre, cuando fue de viaje a Canadá, le trajo de regalo un abrigo con el logo de la RCMP, el cual le encantó. Yo le regalé mi colección de GI Joes para su hijo. El otro se llamaba Luis y venía con nosotros diario en el bus del colegio. No muchos canadienses han pasado por esto. No creo que ni un sólo pasajero se sintió incómodo pues sabíamos que era por nuestro propio bienestar. Tenía un gran sentido del humor y siempre conversaba con él de la selección peruana y las eliminatorias para el mundial. Nunca nos mostraba su arma para presumir ni la usaba para intimidarnos para que nos comportáramos bien en el bus. Era un gran oficial. Siempre se presentaba con orgullo y sentido común, siempre cuidando niños extranjeros, un trabajo que varios policías veteranos considerarían tedioso. También teníamos guardias armados vigilando la casa las 24 horas del día, les gustaba jugar basquet con nosotros cuando hacían el relevo. Claro que con el chaleco antibalas, botas pesadas, un revolver, un bastón y una radio le daban  ventaja al contrincante.

Nuestro representante del RCMP, el Embajador Clark y el Sr. Bickford


            Quizás entre los elementos más difíciles de esta nueva vida era viajar. Si, dije viajar. A mucha gente le encanta la idea de escaparse de la realidad en un paseo internacional pero ¿hasta cuándo puede uno huir de la realidad? Mis padres no tenían derecho a decidir esto. Debido al alto riesgo para los canadienses en el Perú – cuando salía con mis amigos después del colegio, siempre debía tener cuidado de no llevar nada que me identificara como canadiense – nuestro gobierno nos obligaba a evacuar cuando se presentaba algún feriado o tiempo de vacaciones. Esto significaba que perdía ese tiempo precioso para pasarlo con mis amigos. Claro que es genial viajar y ver el mundo, pero se vuelve complicado saber que la casa de uno la rodea un mundo peligroso y los amigos se quedan en él. De cualquier manera, logré aprovechar cada minuto que pasaba en Lima para cultivar mis grandes amistades, cumpliendo con el reglamento establecido por la Corona. Debía aceptar las nuevas reglas del juego por mi propio bien, algo difícil para un adolescente.

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