Un(a) niño(a) de tercera cultura (TCK / 3CK) o niño(a) trans-cultural es "una persona que, como menor de edad, pasó un período extenso viviendo entre una o mas culturas distintas a las suyas, así incorporando elementos de aquellas a su propia cultura de nacimiento, formando una tercera cultura."

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domingo, 21 de agosto de 2011

Adiós Muchachos Compañeros De Mi Vida…


Al cumplir 14 años, ya había vivido en cuatro países y conocido otros siete más. Nueve años completos de mi vida los pasé como extranjero  a excepción de mis últimos tres que fueron en casa. Seguramente, ya estaba algo acostumbrado a ser un expatriado, lo cual contribuía a un cierta sensación conflictiva con mi estadía en Ottawa. Era como admirar una obra de arte en un museo prestigioso, en vez de formar parte de lo que se pintó en la tela con un propósito. Le brindé a esta nueva oportunidad el mismo empeño que siempre para que las cosas se dieran positivamente dentro de un panorama más canadiense, una imagen con la que me sentí muy identificado durante el largo exilio. El hecho también de una gran timidez tomando el mando de mi personalidad dificultó mucho la transición. El inglés seguía protagonizando como idioma en la casa cuando estábamos todos juntos y el francés dominaba en el mundo académico y al relacionarme con mi madre. El castellano ya no jugaba el mismo rol en mi vida, siendo muy limitado. Juan Alberto y sus padres (mis tíos adoptivos) eran los que formaban parte de ese mundo junto con una cultura muy cercana a lo que recordaba y me hacia sentir en casa. Era duro para mí relacionarme con mi país pues mucha de la gente que vivía en mi ciudad me consideraba extranjero lo cual me alejaba más de la bella hoja de arce roja pintada en mi corazón.

Con mis amigos en Ottawa

Anteriormente, el tiempo era el mejor remedio para una transición más fluida y como siempre, seguida de la estabilidad. Mientras me familiarizaba con lo que me rodeaba, hacía nuevas amistades e inmediatamente me sentía cómodo. Me convertía tan sólo en uno más formando parte de una preciosa cultura uniforme. Mi presencia en esta receta era como agregar algo de sazón para mejorar el sabor. Después de haber pasado dos años en misión, estando totalmente sumergido en ese nuevo hogar, jamás me imaginaba que mis días estaban siendo contados. Estas circunstancias eran difíciles pero nunca pensé en desquitarme con mi padre o su trabajo, pero esto era lo que sucedía a cada vez. Teníamos que irnos. Desde que nací mi realidad era la de un nómada, entonces no tenía punto de comparación. Ahora se me complicaba más hacerme a la idea de acomodarme a un estilo de vida cuando sabía que nada en mi vida era permanente. Por supuesto que de alguna manera nos abría el mundo como niños, pero todo tiene su pro y su contra. Por ejemplo, aunque sentía como si Canadá fuese otra misión de tres años, pero esta vez estábamos cerca de la familia de mi padre, una enorme ventaja. Aunque no vivían literalmente a la vuelta de la esquina, este hecho contribuyó tremendamente a mi experiencia del país con su enorme apoyo y compromiso de pasar feriados y fechas importantes juntos como familia. Quizás si hubiese tenido a mi Grandad, mi Tío John y mi Tía Amy o mi Tío Rick y mi Tía Margaret más cerca como para ir a casa de ellos después del colegio, Ottawa hubiese sido un capítulo diferente.

Al iniciarse la primavera de 1995, tan claro como la rutina en el extranjero, llegó mi padre a casa con noticias de un nuevo traslado. Esta vez, mis padres sintieron algo más de preocupación al tener que compartir esta novedad con sus dos hijos que ya era mayores y valoraban su libertad. Lo que más temían era la posible reacción ante semejante noticia. Se acababan aquí las visitas cada mes a casa de Grandad, la frecuencia de nuestros encuentros con los Bickford de Ontario, nuestra canasta de basquet, el jugar con libertad en la calle y los amigos. Mis padres nos sentaron en la sala, el mismo lugar donde ayudábamos a poner el árbol de navidad cuando era esa época del año, para darnos la noticia. Mi padre empezó contándonos que nos íbamos a Lima, Perú por dos años. Lo primero que pensamos tanto mi hermano como yo, era en un compañero que Brian tenía en el colegio llamado Daniel Seminario. Éste vivía obsesionado en Michael Jordan y los Bulls, sacrificando sus responsabilidades de joven adulto por el deporte – el cual no parecía tener el don para practicarlo – quien también tenía tiempo de no haber vuelto a su país. Estábamos convencidos que Él no era la persona adecuada como ejemplo de los peruanos. Mi madre continuó preguntándonos lo que sabíamos del país y Brian y yo pudimos responder acerca de  los Incas – una gran civilización pre-colombina la cual vió su luz apagada por la conquista de los españoles. Mis padres siguieron con una breve explicación de la situación política del país, mencionando que el gran líder político era Fujimori y que el gran país andino se estaba recuperando de una casi guerra civil sufrida contra el Sendero Luminoso.

Recuerdo que Brian estaba decepcionado con esta partida más que las otras. Él había hecho grandes amistades, especialmente con Manu, Tariq y Grégoire, quienes eran chicos muy simpáticos y me trataban bien. Normalmente, me invitaban a participar en partidos de basquet o a acompañarlos para ver partidos en la televisión. Mi hermano era todo un joven emprendedor, encontrando oportunidades para ganar un poco de dinero en la comunidad, podando pasto, limpiando la nieve de las entradas de las casas y cuidando niños. Muchos residentes de nuestro barrio lo conocían y el hecho de ser reconocido significaba mucho para él. Cualquier cosa que se tenía que hacer en la casa, podías contar con él. Ahorraba su dinero para comprar CDs, posters y otras cosas indispensables para los adolescentes. Con esta nueva mudanza, el podía ver todos sus logros esfumarse junto con su libertad de andar en bicicleta a cualquier lugar que quería. Él no se quería ir. Yo sumé mis experiencias pasadas en esta ciudad y no sentí una gran necesidad de evaluar los positivos y negativos. Mi hermano era dos años mayor entonces los elementos en su vida que lo aferraban a Ottawa eran distintos. Mi mejor amigo, Juan alberto y su familia también se iban rumbo a Quito, Ecuador (una vez más vecinos), lo que también agregaba al deseo de partir. Si mis amigos se iban, no veía el por qué de quedarme y quizás el cambio tendría algo bueno para mí.

Durante la ceremonia de mi confirmación junto a mi familia


El último verano en Ottawa fue muy corto. Fue muy aburrido como de costumbre porque mis amigos del colegio estaban fuera de la ciudad en campamentos y Juan estaba obligado a quedarse en casa mientras su familia empacaba. Mi Maman dió varias vueltas por la casa poniendo etiquetas de transporte sobre cada cosa que teníamos: aéreo, marítimo y depósito. Ya me había acostumbrado a verlas. Marcaban siempre el final de cada misión. Más tarde llegarían empacadores con un camión enorme para ayudar a poner nuestras cosas en cajas. Lo que necesitábamos con urgencia iba por avión, lo demás por barco y nuestros muebles que no nos acompañaban se quedarían en el depósito esperando nuestro regreso – dentro de dos años por esta vez. Psicológicamente, esta mudanza fue más fácil para mí porque era por menos tiempo que las  misiones anteriores. Dos años pueden pasar rápido. Nuestros efectos personales representaban otro problema pues debían pasar por la aduana al llegar al destino final. Al quedar la casa vacía, la dejamos tomando el camino que conocíamos de memoria hacia Kingston, Varty Lake y por último, saliendo de Canadá por el Aeropuerto Pearson, el mismo puerto de entrada de hace tres años. Me sentía triste al dejar atrás a mi familia y nervioso al pensar en lo que se me esperaba en Perú.

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