Un(a) niño(a) de tercera cultura (TCK / 3CK) o niño(a) trans-cultural es "una persona que, como menor de edad, pasó un período extenso viviendo entre una o mas culturas distintas a las suyas, así incorporando elementos de aquellas a su propia cultura de nacimiento, formando una tercera cultura."

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domingo, 7 de agosto de 2011

Rumbo al este… Y al más allá

Nuestra primera expedición para los cuatro Bickford fue rumbo al este hacia la costa Atlántica del Canadá en el verano de 1993. Nuestra valiente Plymouth Voyager se vió despojada de los cómodos asientos posteriores, los que permanecerían en el garaje de la casa hasta nuestro regreso. Necesitábamos todo el espacio posible para colocar el montón de maletas como si se tratara de un ejército, nevera, productos enlatados, agua y otros abastecimientos útiles para el viaje, tales como la gaseosa PC Cola. Por la mañana, mi padre corría como un comandante persiguiendo un ejército indisciplinado, buscando meternos todos a la nave que nos llevaría de vacaciones. El objetivo de partida era la ciudad de Quebec, a la que debíamos llegar cruzando la hermosa pero congestionada ciudad de Montreal en camino. No podíamos optar por un desvío alrededor de este punto en el mapa por las carreteras rurales, pues la distancia de 460 kms sería aún más larga. Mi padre ya se había aprendido cada línea del mapa de la ruta estableciendo cada punto de referencia importante marcando nuestro progreso. No debíamos atrazarnos porque la demora nos quitaría tiempo para conocer los nuevos lugares.

Cabra de guerra galesa con el Regimiento Real 22 en Quebec City

El Capitán David se encontraba nuevamente al mando de nuestra aventura, llevándonos intrépidamente hacia la ciudad de Quebec (una región de la Bella Provincia increíblemente anti-inglesa) con Brian de copiloto, una responsabilidad que aprendió durante nuestras estadías en Sudamérica. La primera parada: el Zoolóligo de Quebec City. Los jardines dentro del zoológico podían ser comparados a un cuento de Disney, lleno de flores de todo tipo y de todos colores, el pasto de un verde vivo y lo único que faltaba era que los animales empezaran a cantar y bailar. Lo más cercano a esto que logramos observar fueron los monos (sean los orangutanes, los chimpancés o monos) quienes parecen siempre ser criaturas adorables. No deseo ni abordar el tema de la evolución – aunque mi padre constantemente me decía que un orangután era idéntico a su tío George quién jamás tuve el placer de conocer – pero algo en estos changos, sus expresiones, forma de vivir, lo remonta a uno al pasado y los mejores momentos en la humanidad. Ese sentido comunitario, la simplicidad y el buffet todo incluido de piojos demuestran que quizás el hombre cromañón erró en algún paso que dió por los caminos de la vida. Podríamos aprender bastante de nuestro hermano simio, sin desentendimientos por barreras de idioma, tradiciones o culturas que entren en conflicto con su estilo de vida de saltar de una rama a otra mientras se sueltan en coro a hacer ruidos entretenidos.

Después nos acercamos al Parque de las Cataratas de Montmorency, un poco afuera de la ciudad. Nos montamos a un teleférico que nos llevó a la cima de la montaña. Los británicos construyeron fortificaciones en el punto más elevado de la loma para sitiar la ciudad francesa en batallas largas y sangrientas por 1756. Al otro día, fuimos de los primeros a ingresar a la Citadelle (las defensas francesas durante el conflicto bilateral) para ver el cambio de guardia. ¡Pero qué espectáculo! Según lo que me explicaba mi padre, lo que lográbamos distinguir ahora eran las construcciones inglesas pues los franceses disponían de un fuerte ciertamente primitivo, pero ahora este lugar servía de base para nuestras fuerzas armadas canadienses del Regimiento Real 22. Nuestros chicos estaban mayormente desplegados en operaciones de mantenimiento de la paz en Bosnia-Herzegovina. Mientras tanto, me imagino que los soldados con menos experiencia en combate desfilaban para nosotros, los turistas, con su chivo en el que tanto confiaban. Varios regimientos británicos adoptaron una raza de chivo galés como mascota y realmente, ¿quién no haría un esfuerzo sobrehumano en el campo de batalla por su país y su chivo? Esto siempre fue nuestra arma secreta, incluso en la guerra de 1812 cuando los estadounidenses querían invadir nuestro hermoso país. ¿Por qué fracasaron al intentar de anexar el territorio Británico de Norte América? Por el cariño y unión inseparable entre soldados y el aura poderosa del chivo galés. 

Al alejarnos de la joya de la Nueva Francia, veíamos el enorme Golfo del Río San Lorenzo y la región llamada Gaspésie, Quebec. Estábamos en plena naturaleza divina. Claro que no era ningún bosque encantado ni aparecían animales exóticos, pero era el lugar ideal para inmortalizar otro recuerdo estupendo. Arribamos por esta zona en la tarde cuando el sol se alistaba para despedirse hasta el día siguiente y como podrán imaginarse viendo un mapamundi, no hay mucha civilización por ahí. Alguna que otra casa, granja, hostal o motel, cada uno con algún mensaje para los viajeros por la ruta y el que nadie sabe cómo reaccionar al recibir semejante noticia: “No hay vacante.” ¡Espectacular! Ya era algo tarde para volver a Quebec o seguir hacia New Brunswick. Mi padre insistía que debíamos quedarnos la noche en algún lugar porque era obligatorio ver la roca Percé que teníamos a pocos minutos en el mar. Al pasar varias horas, por fin encontramos una opción: pagamos unos $5 para tener acceso a un terreno de camping, estacionamos la camioneta, bajamos las ventanas e intentamos de acomodarnos como fuera dentro de nuestro van. Usamos unas toallas para tapar las ventanas, dándonos la ilusión de privacidad mientras dormíamos soñando que la noche se tornara a mañana lo más pronto posible. Mi padre y yo durmimos en los asientos del frente (reclinables por lo menos), Maman el asiento del medio y Brian se pidió el piso de acero ondulado al lado de la nevera. No fue la mejor noche para ninguno de nosotros. El día siguiente al amanecer,  estábamos totalmente agotados y trasnochados al llegar al puerto, nos subimos a un barco pequeño y dimos una buena vuelta por la roca de Percé junto a un santuario gigante de pájaros en la Isla Bonaventure. Realmente vimos todo perfectamente pero nos ganaba la necesidad de llegar a New Brunswick para pasar una noche de descanso y recuperarnos.

Vista aérea de la roca Percé en la bella provincia de Quebec


La próxima parada, Bouctouche, New Brunswick también nos dejó con buenos recuerdos. Pasamos por muchas dificultades para encontrar nuestro hotel, complicado aún más por la falta de un GPS, el cual no existía todavía, entonces mi Dad paró para pedir  a un sujeto quien tenía un increíble parecido a un pirata instrucciones. Mi padre le preguntó en inglés, mientras el hombre contestó en francés entonces mi padre cambio al francés cuando por último, el señor terminó la conversación prefiriendo el inglés. Un par de minutos medio confusos. Seguimos las instrucciones del pirata y poco después, el Bouctouche Inn se encontraba frente a nosotros, revelando su secreto de haber sido un monasterio en el pasado y no había vacante. Después fuimos al Presbiterio de Bouctouche, una casa antigüa convertida en un hotel. ¡Por fin algo de suerte! Al instalarnos en nuestra habitación, me asomé por la ventana solo y me dí cuenta que el patio posterior era un cementerio.  Éste era el lugar perfecto para grabar un episodio de Los Cuentos de la Cripta. Luego, cuando ibamos en dirección hacia Saint John – un pueblo muy querido por mi padre quién pasó su adolescencia allá – y Saint Andrews By the Sea, vimos el cambio de marea en la Bahía de Fundy lo que nos dejó anonadados. Se podía ver en algunos lugares claramente el gran cambio entre marea alta y baja, un promedio de 17 metros de diferencia en los niveles del mar.  Concluimos el paseo por el Atlántico durmiendo en la planta superior de la casa de alguien (supuestamente un hotel) donde los que tenían una cierta tendencia de rodarse inquietamente en la cama al dormir, podían caerse durante la noche por la ventana y amanecer sobre el techo del coche estacionado afuera. Todos encontramos un espacio para dormir dentro de la pequeña habitación, con mi Maman y mi Dad compartiendo la cama, yo a los piés y mi hermano en la cama plegadiza más chica en la historia – juraba que era una mesa de esquina.

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