Un(a) niño(a) de tercera cultura (TCK / 3CK) o niño(a) trans-cultural es "una persona que, como menor de edad, pasó un período extenso viviendo entre una o mas culturas distintas a las suyas, así incorporando elementos de aquellas a su propia cultura de nacimiento, formando una tercera cultura."

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domingo, 5 de junio de 2011

Como Ser Un Canadiense

Cuando regresamos a Chile después de nuestras vacaciones de fin de año, nos aproximábamos al sexto aniversario de nuestra partida de Ottawa. El concepto del tiempo para los niños es completamente distinto al de los adultos. Bajo la perspectiva de un niño, Canadá permanecía en mi memoria como una vida pasada. Mi hermano y yo, nos habíamos convertido en chilenos después de los dos años y medio que vivimos en Chile.  Nuestro proceso de adaptación se logró de una forma tan perfecta, que compartíamos los mismos pasatiempos, gustos culinarios, modismos y preocupaciones socio-políticas de nuestros paisanos. Ya habíamos dejado de ser los extranjeros canadienses llegados de Venezuela. Mis padres estaban orgullosos de este resultado y lo a gusto que estábamos con todos los aspectos de nuestras vidas en tránsito. Sin embargo, compartían el temor de nuestra salida del país a mediano plazo y cómo esto nos podría afectar. Este cambio significaba una nueva interrupción en cuanto a la estabilidad que gozábamos, sacrificando el sentimiento de pertenecer a una transición que potencialmente acarrearía repercusiones negativas. Algunos hijos de diplomáticos sufren por estos cambios dramáticos al llegar a una edad en la que se valora la estabilidad, el cual es un parámetro operacional importante en la programación de un niño. El ser canadiense era realmente un concepto fuera de contexto tanto para mi hermano como para mí, pues teníamos un conocimiento muy superficial de nuestro país.

Maman, Brian y yo en Salto Laja, VII Región, Chile

Canadá asumía un papel importante para mi identidad y siempre fue un sinónimo de casa. En el colegio, yo era “El canadiense”. Normalmente, uno siempre vuelve a casa después del colegio, el trabajo o una salida con amigos, pero yo no había vuelto a vivir en el Canadá durante seis años. Me había prácticamente olvidado lo que era vivir una vida tranquila en las afueras de Ottawa. Cada año hacíamos una corta visita a la familia en Ontario durante la Navidad, siendo Toronto el punto de entrada al país junto con una breve estadía en casa de mi tío John y mi tía Amy en el barrio de Etobicoke. Siempre fue un momento especial para poder reconectar con ellos,  mientras tanto mi imagen de Canadá empezaba a asociarse mucho con esos momentos. La magia de la blanca Navidad contribuía adicionalmente a un sentimiento como estar viviendo en un sueño. Me encantaba pasar por las puertas automáticas que marcaban la salida del control de aduanas e inmigración queriendo ansiosamente salir para ver a mi tío quien nos estaba esperando. Mis abuelos vivían en Kingston, un pueblo tres horas al noroeste de Toronto y la manejada para ir a verlos me parecía eterna, pero con una ventaja espectacular. El día de Navidad era cuando nos reuníamos todos en casa de mi tía Margaret y mi tío Rick en Grimsby, aproximadamente a una hora al sur de Toronto. Ahí Brian y yo aprovechábamos la oportunidad anual de pasar tiempo con mis primos, Emily, Stef y Katie. Ellos eran más chicos que nosotros pero nunca fue un obstáculo para jugar juntos y formar una familia mismo si era por un instante. Festejábamos la época con los pavos más grandes de la historia. Aún recuerdo el sabor suculento del pavo hecho al horno, con el relleno, papas y salsa. Siempre me encantó ese sabor único pero el hecho de estar todos reunidos, esto le daba un toque más especial al sabor de la comida.

Fuimos expuestos a elementos relacionados con mi país participando en eventos organizados por la comunidad canadiense donde los hijos también estaban invitados y los paseos a la embajada en el centro en la calle Av. Bernardo O’Higgins y Ahumada.  Cuando Brian y yo, teníamos vacaciones del colegio, mi Maman nos llevaba a visitar a mi padre en su oficina, algo que siempre nos encantaba. Habían unos lugares fantásticos para comer en el centro de Santiago. Cada vez que entrábamos al edificio donde trabajaba, éramos recibidos en un ambiente amigable. Los colegas de mi padre siempre se daban cuenta cuando estábamos presentes y se acercaban a saludarnos para preguntarnos como nos iba en el colegio. Esta gente era de lo más simpática y como si fuese nuestra familia en el extranjero. El jefe de mi padre, el Embajador Michael Mace, era un hombre muy amable y  su esposa también, surgió una gran amistad entre ellos y mis padres durante esa misión. Siempre nos extendían la invitación para sus reuniones y les gustaba nuestra compañía pues les recordábamos a sus hijos que ya eran mayores y estudiaban en Canadá. Fuera de este mundo, conocí canadienses trabajando en el área de desarrollo de proyectos sociales, ejecutivos de Scotiabank buscando oportunidades de adquisición con el Banco Sud Americano y profesionales en el sector minero, todos representando el Gran Norte Blanco. Ya poseía un gran orgullo por mis compatriotas trabajando en Chile, sobretodo los que se dedicaban a proyectos de desarrollo social con fines de mejorar la vida de los miembros de la sociedad de escasos recursos. Mi mamá insistía que era bueno incorporarnos a estos eventos pues esto nos permitía desarrollar aptitudes sociales y generar cierta conciencia en cuanto a lo que aportaba nuestro país en un ámbito internacional. Tengo que admitir que este tipo de experiencia fue una ventaja extraordinaria pues estos conocimientos no se pueden aprender en una salón de clase donde se discuten aspectos teóricos. Brian y yo obtuvimos una Licenciatura en Ciencias Sociales y una Maestría en Administración de Negocios desde una temprana edad.

Un fin de semana veraniego poco después de nuestra aventura por la Polinesia, Brian y yo fuimos llamados a la sala familiar. Mi padre estaba sentado en el sofá delante de la televisión llevándome a preguntar que película íbamos a ver juntos. Mis padres decidieron que era importante enriquecer nuestras vidas agregando buenos conocimientos del Canadá, viendo que nuestro calendario escolar no incluía ninguno de estos aspectos. Se imaginaban que al volver a Ottawa, esto nos generaría más y mejores posibilidades para encontrar un enlace con nuestro país mejorando la transición. No sé que habrá pensado Brian en aquel momento, pero yo no me imaginaba irme de Santiago. Mi papá nos trajo un libro grande que tenía guardado con sus discos de música LP y empezó a explicarnos el contenido. Recuerdo que el libro contenía un montón de imágenes y tenía un cierto parecido a una enciclopedia pero con más ilustraciones. Esto fue especialmente útil para mi aprendizaje, sobretodo porque había sido expuesto a varios idiomas pero jamás había escrito o leído el inglés hasta ese momento importante de mi vida. Eran dibujos interpretando momentos importantes de la historia del Canadá. Eventos tales como el descubrimiento de Terranova por los vikingos, los exploradores europeos, los colonizadores franceses e ingleses, batallas importantes tales como la guerra de 1812 y mi favorito, las banderas de todas las provincias junto con los nombres respectivos de las capitales. Después de algunos fines de semana como estos, ya estábamos lo suficiente preparados como para pasar un examen de ciudadanía si este fuera el caso. Era sumamente interesante y motivante para mí aprender acerca de mi gran país.

Visitando un proyecto de desarrollo en Chiloé, Chile

Es una tarea laboriosa para padres de familia establecer cierta estabilidad en la vida de sus hijos cuando saben que forman una vida pasajera. Los niños suelen desempeñar un papel simple, implicados en sus propios asuntos, aferrándose al mismo tiempo a lo conocido. En pocas palabras, niños siendo niños. El cambio es algo que viene acompañado de un sentimiento de un miedo agobiante debido al camino desconocido por delante. Cada día está uno expuesto a nuevas experiencias y un cambio descomunal puede ser hasta traumático. Algunos hijos de expatriados que he conocido por el camino de la vida se vuelven amargados, y en mi caso, me puse de huelga cuando nos mudamos de Brasilia a Ottawa. Es un desafío adaptarse a una vida nueva sobretodo cuando uno vive acostumbrado a pensar en el hoy e ignorando el mañana que puede ser algo totalmente diferente. Hasta el pasado, por ejemplo Venezuela, me parecía una realidad muy distante. Me encantaba variar, descubrir nuevas culturas, idiomas, tradiciones, culturas y siempre respondí a estas diferencias con un gran respeto. Siempre valoré el sentimiento de pertenecer. Mis padres hicieron un trabajo impresionante asegurándose que nos adaptáramos brindándonos siempre amor y apoyo. Yo sabía que era canadiense pero desarrollé una identidad chilena predominante, llegando a la conclusión que Chile era mi hogar permanente. Si todo iba bien, ¿por qué debíamos cambiarlo? La idea de irnos era absurda y no podía ni empezar a entenderla. Aunque mis padres nos dijeron que regresaríamos a Ottawa en algún momento, existía un sabor agridulce con la noticia al pensar que otro capítulo estaba por terminarse.

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