Un(a) niño(a) de tercera cultura (TCK / 3CK) o niño(a) trans-cultural es "una persona que, como menor de edad, pasó un período extenso viviendo entre una o mas culturas distintas a las suyas, así incorporando elementos de aquellas a su propia cultura de nacimiento, formando una tercera cultura."

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domingo, 16 de junio de 2013

Bon día, Barcelona


Durante la mayoría de mis aventuras de viaje, generalmente los tramos habían seguido una trayectoria de Norte a Sur y viceversa. La mudanza más lejana efectuada en mi vida fue de unos 9000 km. Barcelona rompió esta costumbre en el 2007. Ahora, este cambio me iba a poner incluso a varias horas de diferencia del punto de partida donde dejaba todos lo míos.



Los viajes transatlánticos suelen ser más fáciles tomando el vuelo de noche para esos que duermen como piedras. Contar ovejas sentados en un pedazo de lata levitando a unos 10,000 m de tierra firme – o agua en este caso – puede salir fácil para algunos. Esa turbulencia arrulla algunos como los brazos de una madre con su bebé recién nacido. Las estadísticas están completamente de su lado viendo que es más fácil pasar a la vida eterna en un accidente automovilístico. De igual manera, no consigo cerrar los ojos en un “condor metálico.”

De YUL a BCN – queriéndome lucir usando códigos de aeropuertos – el viaje dura unas 8 horas y media, dependiendo de la corriente del viento, el peso del avión y el tamaño de la cena de Don Piloto. Además de poner miles de kilómetros de distancia entre el punto de partida y el destino, se tendrá que considerar el cambio de 6 horas (GMT -4:00 versus GMT +2:00), lo cual realmente deja a uno sintiéndose en un mundo totalmente aparte del de la familia que se quedó en la memoria.

Además, una mudanza a largo plazo es muy diferente al vacacionismo – síndrome impulsando ciertas personas a tomar vacaciones eternas. El sentido de la aventura va tomando impulso mientras uno rebota como un mono pasando por una indigestión tenaz, pensando, “¿En qué mambo me habré metido ahora?” Para algunos de nosotros, es un orgullo – ese comportamiento que nos saca de si – y lo negamos. ¿Me habré equivocado al aceptar la invitación de quedarme en el piso de ese tipo simpático, o será algún caníbal buscando comer carne exótica de otro continente?



Después del viaje más lento de mi vida – habiendo pasado 13 horas de vuelo con mi hermano, recitando al pie de la letra Top Gun en trés idiomas distintos – me encontraba en la cálida Barcelona, la cual se burlaba de mis dos maletas colosales mientras guardaba mi computadora portátil pegada al pecho como un terrorista islámico. Al final, un taxi del aeropuerto, que me recordaba de aquellos negros y amarillos del cono sur, paró con un gitano al volante quien me llevaría a mi primer morada catalana.

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