Un(a) niño(a) de tercera cultura (TCK / 3CK) o niño(a) trans-cultural es "una persona que, como menor de edad, pasó un período extenso viviendo entre una o mas culturas distintas a las suyas, así incorporando elementos de aquellas a su propia cultura de nacimiento, formando una tercera cultura."

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domingo, 24 de abril de 2011

El Mundo Sin Fronteras

Durante los dos primeros años que vivimos en Santiago, mis padres aprovecharon oportunidades para convertir tanto a Brian como a mí en jóvenes caballeros. Los canadienses de cualquier parte del país tienen la fama de ser gente amable y bien educada, pero el protocolo y la formalidad están desapareciendo debido a que gran parte de la población considera este comportamiento como pedante. Existe también una proporción pequeña de gente quienes se colocan en la banda contraria considerándose la elite, definiendo su estatus social con poder adquisitivo de productos y servicios lujosos, se fijan más en el precio que la utilidad de lo que obtienen. Podemos decir que es una mentalidad de consumismo que determina la felicidad por vía del materialismo. Mi hermano y yo fuimos criados apreciando lo que tenemos sin necesidad de ver la etiqueta del precio, y sobre todo respetando también a todas y cada una de las personas sin importar la cantidad de dinero que tengan en su cuenta de ahorros. Brian y yo éramos niños muy sociables, capaces de establecer y fomentar amistades con toda persona dispuesta a conversar con nosotros. Este principio es algo que me ha servido toda la vida, permitiéndome sentirme cómodo tratando desde huérfanos incapacitados hasta conversando con políticos y dignatarios extranjeros.

Maman, Mémé y yo en frente del Palacio La Moneda

Tuvimos varias recepciones y funciones formales en nuestro casa, en las cuales el protocolo dictaba que los anfitriones debían permanecer a la entrada de la casa para recibir a los invitados. El protocolo nos es un comportamiento snob si no una serie de atenciones de los anfitriones hacía sus invitados, asegurando que domine un ambiente de respeto y cordialidad. Durante la mayoría de los eventos, Brian y yo, nos vestíamos con nuestra ropa la más elegante mientras acompañábamos a mis padres, estrechando la mano dando la bienvenida a todos los que llegaban. Me pregunto cuantos niños jugaban un rol similar a este, dando una bienvenida "¿Como le va?" seguido por un "encantado" después de cada introducción. En ciertas ocasiones, el personal de la embajada que nos conocía a los dos intercambiaba algún comentario amable. En Santiago, Brian y yo habíamos ganado el afecto del personal de la embajada dado que la mayoría de ellos tenían hijos mayores o adolescentes. Esto nos ayudó a permanecer dentro del rango de lindos. De alguna manera éramos también los hijos de la Embajada. Generalmente, después de la formalidad de la bienvenida, seguía la rutina de circular entre la gente charlando o escuchar atentamente lo que los grandes tenían que decir. Esto me encantaba porque me permitía aprender como funcionaban los intercambios entre diplomáticos y aprender el lenguaje formal que usan para ciertas cosas. En cuanto nuestros invitados eran llamados para pasar a cenar, Brian y yo nos despedíamos dirigiéndonos hacia la cocina para probar nuestra comida y continuar la noche a solas sin hacer ruido a los adultos. Algunas veces los invitados también gozaban del gran placer de ser deleitados por el joven dúo musical de los Bickford.

Viviendo en un país con una cultura tan rica y homogénea nos permitió a Brian y a mí adoptar ciertos aspectos culturales de Chile. Sin embargo, también fuimos expuestos a un ambiente multicultural variado debido a la necesidad de los expatriados que siempre anhelan encontrar elementos de lo que es su país de origen en el nuevo país donde radican. Haciendo referencia a mi experiencia personal, he determinado que los expatriados pueden dividirse en dos grupos muy distintos. El primer grupo consta de personas emocionadas por la nueva aventura de vivir en un nuevo ambiente junto con una cierta felicidad de expander sus horizontes al salir de su propio país. Esta gente generalmente entra en una fascinación por el cambio presentado en el estilo de vida y empieza a adoptar elementos de la nueva cultura como suyas. En muchos casos, no se olvidan de dónde vienen pero empiezan a sentirse más cómodos en el país que les abrió los brazos. El otro grupo es todo lo contrario. Simplemente no les gustó el cambio pues pasan minuto a minuto buscando elementos que sean paralelos a su país de origen y no logran encontrar semejanzas. Sueñan con el día en el que dejarán esta existencia difícil para volver a su tierra querida. He conocido personas de ambos grupos y prefiero el primero. Me encanta el cambio considerando esto como un proceso de descubrimiento personal y disfruto conocer gente dispuesta a compartir sus experiencias de vida. Cada persona vive la vida a su manera muy única y un día el intercambio de conocimientos pueden ser tremendamente útiles.

Nunca opté por crear un sistema de preferencia, ya sea los chilenos, los canadienses o cualquier otro expatriado. Crecí entendiendo que existían fronteras geográficas entre países pero también noté que poseía una mezcla cultural entre mis chilenos y los demás. Al observar mi familia, me daba cuenta que ya contaba con una gran diversidad cultural, con familia originarios de Bélgica, España, Francia, Inglaterra, Gales y probablemente otras nacionalidades entre más buscaba en mi árbol genealógico. Tengo familia en Canadá, España, Francia, Inglaterra, Italia, México y los Estados Unidos sin olvidar por supuesto a los grandes amigos quienes conocí a lo largo del camino de la vida que vienen siendo como la familia que uno adopta. Los expatriados tienen un gran elemento que los une a todos: el estar lejos de casa. Mis padres establecieron amistades con políticos, diplomáticos y empresarios en las diferentes funciones oficiales donde debían representar a su país esto también permitió que mi hermano y yo nos hiciéramos más amigos. Las comunidades de expatriados son generalmente pequeñas, lo cual permite establecer más fácilmente un enlace lo que hizo que de repente Brian y yo empezaramos a tener amigos de nuestra edad de Alemania, Argentina, Bélgica, Canadá, Dinamarca, España, Nueva Zelanda, Suiza y quizás otros países que han eludido los archivos detallados de mi memoria de mi infancia. A los que no haya mencionado, si están leyendo este texto, les pido disculpas y les aseguro que los guardo todos en un lugar especial de mi corazón y memoria. Recuerdo que Brian y yo habíamos creado una linda amistad con las hijas del Embajador de Nueva Zelanda, quienes eran de nuestra edad y hablaban un castellano impecable. Ellas fueron mis primeras amigas de habla inglesa desde mi niñez en Ottawa. Hablaban con un acento muy interesante parecido al de Mick Dundee pero con algunas diferencias, lo cual me tenía muy intrigado. Nos encontramos varias veces con la familia Kiwi por pura coincidencia cuando íbamos de viaje fuera de Santiago.

El guardián de Santiago con su gorra del Canadá

Mientras Brian y yo continuábamos nuestro programa de inmersión multicultural, empezábamos a darnos cuenta lo importante que era nuestro comportamiento hacia gente de nuestra edad o mayor, pues de cierta manera representábamos nuestro país. Queríamos que el Canadá, sea una persona o una población entera, se sintiera orgulloso de nosotros. El año pasado, recuerdo haber recibido un mensaje por Facebook de un gran amigo y compañero de curso, francés, de nuestra época juntos en Santiago, Stéphane Simon, quién me comentó que yo era su amigo canadiense. Fue para mi un gran honor permanecer en la memoria de una persona como representación de un país. Debido a mis experiencias en este tema intercultural, encontré dentro de mi persona una compasión hacia gente recién llegada a lugares donde gozo de una cierta veteranía, intentando de ayudarlos a establecerse a un nuevo hogar desconocido. Me había hecho amigo de un niño surafricano y lo recuerdo muy bien. Era dos años menor que mis compañeros de la alliance y yo, pero de igual manera decidí encargarme de él. Stéphane también se unió a mi idea. Lo invitábamos siempre a unirse a nuestras actividades para que se sintiera parte del grupo cada vez que nos reuníamos a jugar. Ya tenía a mi temprana edad un gran ejemplo de mis amigos chilenos de cómo darle una gran bienvenida a un extranjero desde el primer día en la Alliance. Continuo hasta la fecha extendiendo una mano de amistad adquirida en Chile esperando poder ayudar en cuanto a la transición hacia un nuevo hogar y una nueva vida.

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