Un(a) niño(a) de tercera cultura (TCK / 3CK) o niño(a) trans-cultural es "una persona que, como menor de edad, pasó un período extenso viviendo entre una o mas culturas distintas a las suyas, así incorporando elementos de aquellas a su propia cultura de nacimiento, formando una tercera cultura."

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domingo, 17 de abril de 2011

Una Visita Especial

El vivir lejos de la familia puede resultar uno de los aspectos más difíciles de vivir en el extranjero durante largo tiempo. Tanto a Brian como a mí, nos hizo falta estar cerca de nuestros abuelos, tíos, tías y primos para establecer lazos en forma continua. Éstas fueron relaciones especiales que pudimos establecer de mejor manera una vez que crecimos al poder establecer una mejor comunicación a un nivel más elevado. Normalmente, un año consta en forma aproximada de cinquenta y dos semanas y por lo general, dedicábamos dos semanas para ir de visita a ver a la familia de mi padre y de mi madre. Las demás semanas las pasábamos en el país que se nos había asignado. Los viajes internacionales en esa época eran bastante más caros que en la actualidad (algunas personas consideran que aún siguen caros) y la disponibilidad hacía el crédito no estaba tan generalizada como ahora, por lo tanto, el número de viajeros era menor que en la actualidad. Las visitas a nuestra familia eran importantes ya que al parecer nadie podía venir a vernos. Sin embargo, había una gran excepción: mi Mémé. Era mi abuela maternal quien quedó viuda en 1984. Le encantaba viajar, especialmente para ir a ver a sus nietos extranjeros, Brian y yo. No pudo disfrutar de esto tanto como hubiese querido debido a nuestras rotaciones de cada tres años de un país a otro. Cuando venía a visitarnos siempre era un aspecto que destacaba, por lo general se quedaba con nosotros algunos meses aunque jamás parecía ser tiempo suficiente. Era el tipo de visita que nunca quiere uno que se marche. Fue a pasar algún tiempo con nosotros cuando estuvimos de misión en Caracas, pero parece que recuerdo mejor su viaje a Santiago. Debo decir que el haberla tenido y que haya estado presente en nuestras vidas fue una gran bendición.

Brian, Maman, yo y Mémé comiendo en el Cajón del Maipo
Paseamos a Mémé dándole un gran tour de los lugares más importantes de la capital de la nación así como otros puntos de interés que ya nos eran conocidos como Farrellones, Santa Teresa de los Andes, Valparaiso y el tranquilo paraíso que conocíamos como Reñaca. La mayor parte del tiempo que pasó con nosotros fue en la gran humareda. Volvimos a asumir nuestras actividades de rutina haciendo algunos ajustes para estar seguros de que nuestra invitada especial estuviera lo más contenta posible. Mientras estábamos en la escuela, ella podía disfrutar algunas horas con su hija (mi Maman) a quien no tenía la oportunidad de ver muy seguido desde que se casó con mi papá, para dar inicio a una vida emocionante como esposa de un diplomático. La familia de mi mamá siempre había sido muy unida y el volver a ver su mamá era una gran oportunidad para volver a estar juntas. Siempre hay algo muy especial cuando se ha tenido ese tipo de lazo en la familia, aquello lo reconforta a uno cuando se tiene una persona cercana a su lado. Esto hace una gran diferencia. Por la tarde, en cuanto Brian y yo llegábamos a casa, echábamos carreras para llegar a buscar a Mémé buscando cualquier pretexto para sentarnos a su lado. Nos sentábamos junto a ella para conversar, traíamos nuestros juguetes para jugar cerca de ella o bien hacer nuestra tarea disfrutando de su compañía. Siempre nos daba mucho apoyo y gracias a ella, aprendí mis tables de multiplicar a la velocidad de la luz. De repente, ya podía yo multiplicar mentalmente sin ayuda de la calculadora a partir de la de 2x2 hasta la de 12x12. Me ayudaba a aprender de memoria poemas para el colegio, nos alentaba porque sabía que nada era imposible para sus nietos. Todo lo que decía se me quedaba siempre grabado en la memoria: “Sólo a los tontos les va mal”. Éste se convirtió en uno de mis tantos lemas hasta la fecha.

Mi padre había comprado una guitara tallada a mano preciosa que venía en un estuche de cuero en uno de sus viajes a Paraguay y ahora ésta era la perfecta oportunidad para darle a Mémé su regalo. Mi Pépé tenía su propia guitarra clásica y la tocaba bien, pero después de su fallecimiento, mi abuela empezó a aprender sola. Era maravillosa como músico y estoy seguro que si hubiera tenido más tiempo libre durante su juventud, le hubiera dedicado más tiempo a este pasatiempo. Según lo que siempre me contó mi madre y su hermana, mi tía Annie, siempre se ocupó de su familia y era capaz de hacer casi todo, nunca se le hacía imposible. Ambas dos, mi Maman y Tati Annie han heredado esta increíble calidad y me atrevo a pensar que sus nietos también. Teníamos un piano en casa porque Brian y yo habíamos despertado interés por este pasatiempo y a Mémé le gustaba tocar una melodía en el piano y más tarde supe que era de Xavier Cugat. Creo que se llamaba “Cocktail Para Dos”. Tenía un excelente oído para la música y mi mamá me contó que nunca tomó clase de música. Tenía buen oído. Mis padres la apoyaban con respecto a sus ambiciones musicales y le tomaron un maestro para que le ayudara a seguir adelante con el gusto por la guitarra española. Empezó a aprender algunas notas (las cuales a su vez me las enseñó cuando compré mi propia guitarra cuando era adolescente) y canciones del clásico folclor chileno como “El Chilote Marino y “La Petaquita”. Brian y yo, nos uníamos a ella durante sus clases para verla tocar la guitarra y cantar y acompañarla al son de las nuevas canciones.

Las Condes era un barrio estaba principalmente conformado de casas particulares. No he vuelto desde entonces, pero el área de Apoquindo cerca de dónde vivíamos parece ser que se ha convertido en una zona de edificios según fotografías más recientes. Esta área era segura y muy buena para salir caminar y pasear por la tarde. Habían lugares increíbles para ir de compras como el Centro Comercial Caracol, Toyland y Apoquindo. No le tomó mucho tiempo a Mémé para familiarizarse con nuestra parte del mundo habiendonos acompañado a todos ellos. Se unía a nosotros todos los domingos por la mañana a nuestra caminata para ir a la iglesia que quedaba cerca de una glorieta bien cuidada llamada Ronda La Capitanía. Algunas veces, mi hermano y yo, nos escapábamos después de haber comulgado para unirnos a algunos de los chicos del parque para jugar fútbol. Creíamos que eramos tan listos, pero nos atrapaban siempre todos y cada uno de los fines de semana. Cuando ibamos a caminar con Mémé, también le decíamos que nos gustaban mucho los pequeños gelatos junto con otros postres à base de agua y que Pavarotti era nuestro lugar favorito, y siempre lo recordaba con gusto. Hasta haciamos apuestas con ella y el que perdía tenía que invitar el próximo gelato. También le gusto mucho el Parque Los Dominicos. Haciendo honor a su nombre, había un pequeño parque en forma de media luna y al final del parque, había un pequeño pueblo de artesanía. Algunas tiendas atesoraban antigüedades pero nuestro punto de interés era una tienda donde coleccionadores podían comprar estampillas de correo y monedas. Este lugar había servido en un pasado como una misión para sacerdotes y monjes de la orden dominicana. Sitios a los que fuimos con ella siempre nos dejaban nuevos recuerdos muy especiales, los cuáles siempre recordaremos con gran cariño, aún después de nuestra estadía en Chile.

Mémé tocando la guitarra paraguaya

Brian y yo nos acostumbramos a que mi abuela estuviera con nosotros. Era parte de nuestra vida cotidiana: al despertarnos, al llegar a casa después de la escuela, al ir al cine, al salir a cenar fuera, y en todo. La vida había dado un vuelco después de algunos meses de haber estado en una burbuja protectora familiar cuando, sin darnos cuenta, estábamos los cinco en nuestro Citroën rumbo al aeropuerto internacional Arturo Merino Benitez. Ella volvía a casa. Cada vez que esto sucedía, nunca fue fácil. Cuando era yo niño, siempre sentí que una eternidad tenía que pasar antes de volver a verla. Las semanas parecían años. Ibamos a extrañar su risa siempre tan animada, su compañía tan agradable y su guitarra. Todo volvía a la rutina normal y nuestra comunicación con Mémé se limitaría nuevamente al servicio de correo rápido como una tortuga olímpica. Esperamos en la terminal de salidas – en aquella época, era una sala donde la gente se sentaba a ver despegar los aviones que transportaban a su gente querida – para estar seguro de que el avión había salido sin ningún inconveniente y si había alguno todavía estábamos ahí. Recuerdo que siempre tenía yo la esperanza de que cancelaran su vuelo o bien que lo retrasaran para que pudiéramos estar unos minutos más con ella. La vimos subir a su avión y despegar con lágrimas en nuestros ojos y nos dejaba con un cierto vacío como recuerdo de que había estado aquí. Todo mundo volvimos a nuestras respectivas obligaciones como si su visita hubiera sido tan sólo un largo y maravilloso sueño. Teníamos que enfrentar nuestra realidad y los Cuatro Fantásticos tenían que continuar hacia delante.

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