Un(a) niño(a) de tercera cultura (TCK / 3CK) o niño(a) trans-cultural es "una persona que, como menor de edad, pasó un período extenso viviendo entre una o mas culturas distintas a las suyas, así incorporando elementos de aquellas a su propia cultura de nacimiento, formando una tercera cultura."

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domingo, 25 de septiembre de 2011

Todos Los Caminos Conducen a Santa Rosa de Lima

La clave del éxito viviendo fuera de su propio país es la mentalidad. La realidad con respecto a las mismas circunstancias tiene todo que ver con el lente que decide uno utilizar. El dicho más adecuado que se me ocurre viene de MontyPython’s: La Vida de Brian que declara: “Siempre mira el lado positivo de la vida.” El método más fácil – pero también el peor – en este tipo de situación es de cerrarle la puerta al mundo real y condenarse uno mismo al aislamiento. Al optar por esto, uno no hace frente al problema. La otra opción, que altamente recomiendo, es de abrir esa puerta dejándola abierta de par en par permitiéndose a usted mismo y a su familia probar algo nuevo. El trauma psicológico detrás de la mentalidad del encarcelamiento quedando privado de libertad puede llegar a sumar daños irreversibles entre más tiempo pemanece uno encerrado. Entre más pronto uno toma un balance de la vida cayendo en cuenta que uno no está en casa, – lo que signifique eso a nivel individual – más pronto puede uno sacar provecho de la riqueza de sus alrededores. Al final de todo, podrá mirar hacia atrás con orgullo viendo todo lo que logró. Por supuesto, como es el caso de estar en cancha propia, algunas cosas son buenas y otras no. Nosotros, los Bickford, siempre optamos por la opción dos lo que me permite compartir esta siguiente historia de nuestra primera excursión fuera de Lima.

Santa Rosa de Lima por Claudio Coello

Casi desde el principio, los Bickford se hicieron amigos de la familia Lambert, gracias al trabajo de nuestros jefes de familia en la Embajada del Canadá pero sin olvidar el enlace de la siguiente generación en el colegio americano. Durante uno de nuestros primeros fines de semana cruzamos la Avenida Primavera y Velasco Astete, las principales vías de comunicación capitalina que nos separaban de nuestros vecinos de la Embajada para encontrarnos con esa otra familia franco-canadiense para una nueva emocionante aventura. Solamente puedo recordar el apellido, Thibault,  el señor era el encargado de un orfanato para niños de bajos recursos. El Sr. Thibault era el más veterano de todos en términos peruanos, gozando de una gran ventaja de experiencia de vida en el país sudamericano. Él decidió que iríamos a Santa Rosa de Quives, un tesoro escondido que sirvía como centro espiritual o algo por el estilo. A mí no me habían explicado nada. Viendo que ambos Alain Lambert y él disponían de sus vehículos deportivos utilitarios (o camionetas si prefieren), usamos sus autos y decidieron separar a los pasajeros hombres de las mujeres. Fue algo curioso pues ambos eran hombres y manejarían así que la integridad del plan no era fiel a su propósito. El Sr. Thibault iría primero actuando como el coche guía en la caravana de aventureros, lo que parecía lógico pues sólo él sabía adonde íbamos, llevándose las mujeres en su vehículo. Alain, el veterano de la policía real montada canadiense llevaba consigo los hombres, todos muy guapos y apuestos, en el auto de escolta. Él respondió con su gran sentido del humor, bromeando que estaba acostumbrado a seguir sospechosos a lo largo de su carrera manteniendo la paz, al aceptar su papel en esta aventura. Nos instalamos todos para nuestra partida rumbo a Santa Rosa de Quives.

Al navegar por el mar de tráfico terriblemente desorganizado de la ajetreada Lima, el fantasma del mareo al estar dentro del auto me atacó estando sentado al lado de Brian y Mario. Intenté ahuyentar las fuerzas del mal distrayéndome con el paisaje donde observé por primera vez los llamados pueblos jóvenes – el apodo nacional para los barrios pobres – bañados de polvo, arena y basura. Pasamos por el famoso Río Rimac que atraviesa el centro de Lima. A veces el cauce es fuerte, pero cuando pasamos por ahí parecía un chorrito de color café. Mario dijo que que era el único río en el mundo en donde se podía hacer rafting en agua café. Todo seguía cobijado por la persistente garúa acompañada por el olor fétido previamente mencionado. De repente un "tabernacle", pronunciado en un colorido acento francés procedente de Lac Saint Jean, se anunció en boca del capitán de la nave seguido por una breve explicación de que Alain perdió de vista el coche líder. Quizás sus habilidades policíacas sufrieron un desgaste luego de varios años trabajando en una responsabilidad que lo tenía anclado al escritorio. Ahora éramos cinco gringos con un viaje sin rumbo, rodeados de los pueblos jóvenes y su esplendor respectivo. Éste respondió con una breve salida de la autopista, no para mostrarnos más de cerca el paisaje, si no para pedir direcciones. Preguntó en su acento franco-canadiense a un peruano con apariencia indígena cómo podíamos llegar a Santa Rosa de Lima. Fuimos por doquier, al parecer, nadie entendía lo que buscábamos pero eran lo suficientemente amables de contestar dándonos instrucciones poco claras, quizás con la esperanza que éstas serían útiles para que alcanzáramos nuestro objetivo. En ese momento, se perdió toda esperanza. Seguimos por un rumbo poco pintoresco mientras que los residentes de esta zona nos brindaban una mirada de curiosidad, preguntándose a ellos mismos lo que hacíamos ahí. Creímos que nadie sabía dónde se encontraba ese lugar, pero de hecho, el lugar donde íbamos se llamaba Santa Rosa de Quives mientras que Santa Rosa de Lima era el nombre de una virgen. Ésta fue la primera santa procedente del continente americano y la santa patrona del Perú. Supongo entonces que Santa Rosa de Lima realmente estaba en todas partes.

Después de semejante fracaso al intentar de reintegrarnos a nuestro grupo de viajeros o bien encontrar Santa Rosa de Quives, todos estuvimos de acuerdo de parar en algún lugar simpático para almorzar. Dado que no existían teléfonos celulares, ni teníamos alguna radio militar, no pudimos comunicarnos con nadie para avisarles lo que nos había sucedido. Paramos aún dentro de los límites de la ciudad de Lima en un distrito conocido como Ancón, cuando Alain nos mencionó que era un destino de varios limeños buscando playa durante los meses de verano. Era difícil imaginar estos lugares sin la neblina y la fresca humedad que siempre nos seguía. Sin importar el estar dentro o fuera de casa, siempre sentía uno la ropa algo mojada y pegajosa. Nos estacionamos en una playa – vocabulario local significando estacionamiento – dónde únicamente un bote estaba parado perfectamente en paralelo entre las rayas de demarcación. Hasta los remos estaban guardados perfectamente dentro del mismo. Nos pareció muy cómico esto visto desde una perspectiva de América del Norte, pues un oficial de la policía en nuestro país se mantendría terriblemente ocupado dando y escribiendo multas en esta ciudad. El barco se salvaría. La gente normalmente paraba su auto donde le era conveniente y las reglas para manejar eran inexistentes. Claro que para un extranjero todo eso puede ser raro, pero no podemos juzgar a los demás por ser diferentes o pedirles que sean como uno. Cuando a Roma fueres, haz lo que vieres. Luego encontramos un restaurante de mariscos muy simple dotado de un gran menú. Era normal en ese país que afuera de estos lugares, una persona se acercaba a la gente que pasaba para convencerlos de entrar a su local. Alain le respondió preguntando si en ese restaurante vendían un trago llamado Sangre de Tigre. Obviamente el camarero nunca en su vida había escuchado de tal brevaje pero le contestó con ese espíritu despreocupado y emprendedor que tenía todo lo que podríamos desear. El resto del grupo compartió el mismo nivel de conocimiento en cuanto al capricho de Alain pero igual entramos entusiasmados por el hambre que teníamos. En ese momento aprendimos que a veces, entre más modesto se vea un sitio, más auténtica es la comida. Nunca podré recordar el nombre de ese local pero la comida fue espectacular. Comí el mejor ceviche mixto – un plato típico de la costa peruana, generalmente a base de pescado cocido en el jugo de limón, pero éste tenía pulpo, pescado, camarón y un montón de cosas. Mi plato contenía la mitad de la vida marítima de los mares peruanos y hasta conocí nuevas especies al probar mi comida. Tremendo placer culinario. Más tarde tuvimos la oportunidad de probar la bebida Sangre de tigre una mezcla del jugo del ceviche con vodka – un brebaje tan extraño que nunca más lo volvimos a probar. Después de la comida nos dirigimos al malecón y al puerto.

Vista de Ancon sin neblina


La neblina continuó complicándonos la vida, sobretodo después de llenarnos hasta el tope con esa increíble comida. Vimos varios monumentos contándonos algunas historias acerca de los héroes de la región quienes dieron sus vidas al defender su país adorado. Los peruanos se enfrentaron varias veces a sus vecinos y eternos rivales del sur, Chile. Me pareció curioso todo esto pues estudié mucho referente a estos conflictos cuando viví en Chile pero ahora era el turno de escuchar la versión de los peruanos. Mientras caminábamos encontramos un servicio de mototaxi – una motocicleta con un tipo de cochecillo como los que jalan en China – y contratamos dos para hacer un tour de Ancón. Ahora íbamos a poder conocer más sin tener que caminar con el estomago lleno y pesado. Los operadores no se veían preocupados en lo absoluto al tener que cargar tres niños adolescentes grandes y dos adultos pesados, uno más que el otro. Volaron por las calles estrechas – a veces hasta sobre la vereda – sin explicar absolutamente nada ni darnos tiempo para observar el paisaje hasta que de repente, me di cuenta que viajábamos por la autopista en sentido contrario. Una verdadera experiencia a lo MacGyver. Los choferes iban compitiendo, rebasándose, y al pasar los pasajeros intercambiaban muecas y gestos de todo tipo. Los dos vehículos volvieron a integrarse a las calles y veredas de la ciudad, completando un circulo que nos dejaba nuevamente en el punto de partida del malecón. Fue un tour express de Ancón durando 15 a 20 minutos. Estoy seguro que nos perdimos de mucho pero compartimos muchas risas y grandes anécdotas para compartir con las mujeres al llegar a casa. Me enteré por mi Maman y Angèle, la madre de Mario, que el tour que hicieron ellos fue un poco aburrido comparado al nuestro y que quizás perdernos fue una ventaja. Santa Rosa de Lima supo lo que hacía.

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