Un(a) niño(a) de tercera cultura (TCK / 3CK) o niño(a) trans-cultural es "una persona que, como menor de edad, pasó un período extenso viviendo entre una o mas culturas distintas a las suyas, así incorporando elementos de aquellas a su propia cultura de nacimiento, formando una tercera cultura."

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domingo, 2 de octubre de 2011

Sábados de Softball


El cambiar de país siempre suele traer nuevas experiencias. Esta vez, significaba la introducción al softball pero con lanzamiento lento. Mi primera vez. ¡No juzguen sin probarlo, es muy entretenido! Algunos colegas de mi padre participaban en una liga de softball donde la temporada se deslenzaba en el colegio Franklin D. Roosevelt durante los fines de semana. Estos estaban en busca de nuevo talento para agregar al plantel canadiense en un ambiente totalmente dominado por los americanos. Mi hermano, Brian, quien tenía un cierto interés en los deportes organizados – por lo menos dotado de una habilidad natural y coordinación la cual yo no gozaba, sobretodo después de mi esguince – decidió unirse al equipo, lo que me entusiasmó seguir el mismo rumbo. Me encantaría compartir con ustedes el hecho de que llegué como un combatiente valiente colmado de talentos de superatleta, armado de un gran bate listo para representar mi país y aniquilé todos los equipos yanquis dentro de la cancha, pero en realidad, éste no fue el caso pero sí un enorme honor servirle de alguna manera a mi país practicando una actividad en común con mis compatriotas.

Brian, el arma secreta del equipo

La gran mayoría de los equipos contaban con planteles americanos como les mencioné. Los equipos que puedo recordar de aquella época eran: AID (americanos trabajando en varios organismos de desarrollo), DEA (estas iniciales se explican por sí mismas), Embassy (no eran los diplomáticos americanos si no los soldados del ejército de ese país encargados de la seguridad de sus instalaciones), Fetzer (un colegio de niños americanos bautistas quienes preferían no batear), Profes (los grandes rivales de los alumnos de Roosevelt), Prophets (nombre adecuado para un equipo de misionarios de los EE-UU trayendo la palabra del Gran Jefe), Roosevelt (un equipo de estudiantes de secundaria del colegio) y Team Canada. Éste último era el que más se divertía en la cancha y tuve el gran placer de poder entrar en este gran equipo. El talento canadiense, la gran fuente de nuestro patriotismo allí, contaba con dos policías de la PRMC, Alain Lambert y Jim Whalen, Stuart Bale, el agregado administrativo, encargado de la administración de la embajada, David Marshall, un funcionario de la sección comercial, Gilles Rivard, cabeza de la sección de desarrollo, Jules Audet, representando el programa de desarrollo Canadá-Perú, Dave Schmidt, la cara de FedEx, Michel, un funcionario de la ONU quien era idéntico a Jean-Claude Van Damme, y Scott, el único americano quién había sido excluido de la selección de la DEA por algún motivo. Brian se encontró con una responsabilidad en la que demostraba un enorme potencial. El lanzador. Mario Lambert y yo también figuramos en este grupo, representando el talento de una nueva generación.

Los canadienses nos explicaron el reglamento a mi hermano y a mi, enfocando sobretodo que el propósito era de solo salir, intentar de pegarle a la pelota y divertirse. Este era el motivo principal de la velocidad del lanzamiento. Cualquier jugador se le daba la oportunidad de mostrar sus talentos en la cancha y sobretodo, al poder pegarle a la pelota, sentirse como todo un héroe. Todos y ninuguno a la vez éramos héroes. Mis compatriotas se armaron de una filosofía única al jugar, incrementando el potencial para pasarla bien. Recuerdo en ciertos momentos, nuestros bateadores quienes sus nombres no serán mencionados, salían corriendo de la caja desde donde debían permanecer al batear, persiguiendo pelotas sólo para golpearlas mientras que una ola de carcajadas inundaba el campo de juego. El espíritu deportivo siempre resplandecía desde nuestra banca apoyándonos entre todos, mismo si sabíamos que nuestras acciones eran ridículas. Nuestros contrincantes parecían no estar de acuerdo con la falta de importancia que le dábamos a la competencia y seguir al pié de la letra los reglamentos. Los árbitros eran de los pocos peruanos en la liga de los fines de semana y no tenían ni el mínimo conocimiento de los reglamentos, cómo por ejemplo el área de juego – si una pelota sale fuera de la línea del terreno ya no está en juego sólo si la atrapaba la persona en  la posición de defensa – o un strike – cuando el bateador no logra hacer contacto con la pelota o esta misma viaja en parábola terminando en contacto directo con el diamante. Esto si era a veces frustrante pues algunos equipos no optaban por batear si no hasta que la cuenta no iba a favor de ellos. Recuerdo que a veces que mi hermano salía disparado a quejarse ante las terribles decisiones de los árbitros y todo nuestro equipo corría a apoyarlo y defender los intereses de los nuestros. Los demás equipos, quienes tomaban este juego muy seriamente y la mentalidad competitiva era común y excesiva, pero los canadienses no concordaban. No estábamos en el terreno de juego para ganar – lo cual no solíamos hacer a menudo – pero sentíamos que merecíamos ser evaluados bajo el mismo reglamento que nuestros rivales. Si nos quejábamos, los demás equipos y sus aficionados (normalmente las esposas asistiendo al partido) nos consideraban como quejumbrosos. Si ellos lo hacían era normal. Seguramente con esa lógica, era una liga de quejumbrosos. Sin embargo, la mayoría de las veces, nadie se divertía con tantas carcajadas y risas como nosotros.

Jamás en la vida, Brian y yo habíamos jugado ni béisbol ni softball . Esto no fue ningún obstáculo para tener las ganas de participar es esta actividad. All principio, yo no sabía ni en que mano debía usar el guante, si en la derecha o la izquierda, pues no me acomodaba – aunque soy ambidextro. Durante el precalentamiento de un partido semanal – nuestra única práctica – no alcancé a atrapar una pelota que me lanzó Jim Whalen, la cual se impactó en mi rodilla. Ese si fue un gran dolor que decidí no volver a sentir en la vida. Me recomendó de caminar hasta que se me fuera el dolor, tal como la haría un policía antibalas super macho. Tenía razón. Aunque no nos impartieron conocimientos técnicos del deporte (por ejemplo, como posicionarnos para atrapar una pelota, defender un batazo mandando la pelota al raz del suelo, o mismo como calcular el momento para batear), seguimos adaptando una variación del deporte parecido al pasatiempo favorito de los EE-UU. Ya era obvio que este juego no requería mucho esfuerzo físico aunque ninguno de nosotros era excelente. El tener reflejos rápidos para poder reaccionar rápidamente era clave. Los Marines siempre apoyaban sus integrantes del plantel sin importar el lanzamiento diciendo “buen ojo” (literalmente, pero significando buena decisión al no batear). La pelota que usaban en esta liga era bastante más grande que la de béisbol. No sólo era más fácil ver la pelota pero por ser de ese tamaño, si no que el aire le presentaba más resistencia obligándola a disminuir su velocidad de viaje. A parte de esto, dependiendo de la responsabilidad asignada en el papel defensivo, a veces uno debía correr cortas distancias rápidamente, pero también en forma repentina. Realmente, cualquiera podía jugar este juego. Estaba convencido que podía mejorar en este deporte con el entrenamiento adecuado, pero nuestro equipo no lo consideraba importante. El precalientamiento antes de un partido era  suficiente, una mentalidad muy canadiense ante la competencia.

La mejor foto que encontré del terreno

La liga estaba pasando por un período de expansión al recibir un nuevo equipo el mismo año en el que Brian y yo éramos novatos. El equipo se llamaba Mobil. El plantel contaba con altos ejecutivos americanos de la empresa Mobil Oil, llegando al Perú para dar inicio a grandes proyectos de explotación petrolera. El resto del grupo eran peruanos que al parecer, no había sabido que existía este deporte y sus caras todas parecían expresar sin palabras que los habían forzado de alguna manera a participar. Eso sí, tenían unos uniformes muy buenos. Quizás uno de  ellos perdió una apuesta en la noche de poker pero no parecían querer estar ahí. El partido de inauguración fue contra nuestro equipo, el único que ganamos nosotros sin dificultades. Era difícil creerlo pues normalmente no ganábamos. De hecho, Stuart Bale, lo más cercano que teníamos en nuestro equipo como capitán, no pudo ir ese día debido a un malestar. Al llegar el lunes al trabajo, mi padre lo vió y le dió la buena noticia. Al escuchar esto, Stuart se veía tan deslumbrado al darse cuenta que era la única vez que no jugó  en el  partido y que había logrado ganar su equipo desde su llegada al país. Mobil mejoró al mostrar un gran trabajo de equipo en la cancha, llevándolos a declarar que antes de terminar la temporada, le iban a ganar a los canadienses. Entrenaron dos veces a la semana en el colegio mientras que los canadienses siguieron su rutina bien establecida de no darle importancia a la competencia. Cuando el gran día arribó, ese equipo convencido de su meta que le daría un sabor dulce a una temporada difícil, no logró alcanzar su meta. Perdieron ante Canadá. Me encantó estar en ese equipo porque me dió un gran sentido de caballerismo a nivel deportivo y como trabajar en equipo, considerando el gran valor del espíritu deportivo: Era tan sólo un juego.

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