Un(a) niño(a) de tercera cultura (TCK / 3CK) o niño(a) trans-cultural es "una persona que, como menor de edad, pasó un período extenso viviendo entre una o mas culturas distintas a las suyas, así incorporando elementos de aquellas a su propia cultura de nacimiento, formando una tercera cultura."

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domingo, 16 de octubre de 2011

El Carnaval del Tránsito


El tráfico es un tema que derrumba barreras culturales en el que todos tienen sus historias del combate vehicular. Los guerreros veteranos de la ruta comparten su sabiduría con los novatos aventurándose al campo de batalla aconsejando pistas tales como “Aquí en Los Angeles no nos salimos de la autopista” o “En Caracas usamos atajos para evitar los embotellamientos.” Lima es una ciudad con sus propias jaquecas automovilísticas poco comunes en comparación con sus hermanas metropolitanas alrededor del planeta, por lo menos en contraste con las ciudades que he conocido. Me di cuenta del terrible tsunami en la marea del tráfico cuando mis padres me llevaron al Centro Peruano-Japonés, donde quería saber sobre los cursos y ver las instalaciones de artes marciales. Había seguido tres años de judo en un dojo de Ottawa, una disciplina de naturaleza defensiva, la cual me ayudó a mantener una cierta serenidad y concentración. Como dicen, aprender el valor del trabajo. Deseaba progresar en el Perú, un país contando con una fuerte población de japoneses. Estos preservaban aspectos de su riqueza cultural incluyendo las artes marciales antigüas. Lo más inoportuno de este capricho era tener que cruzar toda la ciudad dentro de un tráfico tenaz y totalmente desorganizado. La infame hora pico. No puedo acordarme de cuánto tiempo perdimos en este viaje pero me daba cuenta que el judo tendría que ser agregado al libro de historia de mi vida. Jamás alcanzamos nuestro meta ese día.

Un dia normal en las arterias de Lima

Al navegar por las calles de la zona capitalina, uno pensaría que no existen reglas de manejo. Echar el coche enfrente de otro es algo normal y todos estan preparados para esas maniobras. Si uno deja el mínimo espacio no pasará por desapercibido y lo deja a uno como perdido. Es de esperarse. Las intersecciones se pueden trabar como arterias de un organismo humano inyectado con una dosis alta en colesterol con tan sólo cuatro autos, cada uno resignado para ceder un milímetro a otro motorista. La prioridad era dictada por la Santísima Trinidad del yo primero, yo segundo y lo que sobra es mío. La supuesta lógica de este mambo era la siguiente: a) es importante de que yo llegue donde quiero ir; b) los demás son un obstáculo impidiendo que complete mi trayecto. Las grandes avenidas lucían preciosas líneas blancas intermitentes (más o menos líneas dependiendo del tamaño de la avenida), sugiriendo que era una vía de tres carriles. Este concepto fue acordado seguramente luego de una cumbre internacional de ministros del transporte y comunicaciones o algo por el estilo, pues parecía ser una teoría universal. No obstante, la viveza del pueblo peruano determinaba que más coches podían caber de cada lado de las veredas que delimitaban el terreno de juego. Era un método tremendamente ingenuo para incrementar la capacidad vial a su vez presentando una gran oportunidad para los motoristas y sus pasajeros de conocerse mejor al compartir la espera contemplando una posible llegada del orden en un veradero estacionamiento. Las líneas divisioras en el pavimento servían únicamente de decoración subiendo de tono la ya elegante avenida. La calles más chicas, tales como mi Monte Real en Chacarilla, no habían recibido esa tal distinción. Realmente, la gran parte de las calles no tenían ni siquiera letreros marcando sus nombres debido quizás al crecimiento acelerado de esta ciudad dejando a sus gobiernos respectivos poco tiempo para considerar otorgarles un certificado oficial de bautizo a estas arterias. El deber de lidear con problemas socio-económicos era supremo, junto con el desarrollo del capital humano. Yo imaginaba que los limeños conocían tan bien su propia ciudad que tener el nombre de las calles era menos que secundario. Aquí me volví un experto usando puntos de referencia para saber donde estaba o para encontrar algún lugar específico. 

La variedad de automóviles participando en el carnaval de transporte desfilaba la disparidad económica entre los habitantes de esta gran urbe. Quizás en el Canadá, mi hogar y última misión, este elemento se ocultaba mejor por el hecho que los dueños debían cumplir con ciertas normas y reglamentos permitiendo categorizar un vehículo como apto para transitar. Los buses conocidos como combis que se integraban a la población eran comunmente de segunda o tercera mano traídos de Asia – algunos aun tenían anuncios en japonés – y llevaban pasajeros practicamente colgados por las ventanas gritando a los peatones al pasar. Si se encuentran en algún momento en esta situación, no se sientan intimidados. Las voces acompañando la sinfónía motorizada simplemente anuncian el rumbo del camión. La primera vez que me topé con esto me sentí nervioso pensando que quizás mi comportamiento o vestimenta era ofensivo de alguna manera. Lo que pasa es que mucha de la gente que debe acceder al transporte público no sabe leer ni escribir, entonces así saben qué combi tomar. Entre otros elementos del paisaje motorizado eran vehículo reportandose de otra época contribuyendo a un sentido de peligro vial, sobretodo porque los faros de algunos autos no funcionaban. Puede ser romántico para una pareja de tortolitos poca iluminación en la oscuridad del auto pero resulta peligroso para el peatón que se arriesga al cruzar una avenida o autopista como la Panamericana. Claro que en ciertos lugares habían cruces peatonales pero algunos preferían hacer correr la adrenalina al probar sus aptitudes olímpicas haciendo su toreo con el tráfico. Otros inventos preparados para el desfile folklórico sobre el pavimento era el Daewoo Tico (uno de mis favoritos porque al sacar el brazo por la ventana podía tocar el asfalto), varios Toyota y Nissan trayendo consigo recuerdos de los años 80, el Escarabajo o Bocho para los mexicanos, un guerrero incansable de Volkswagen y Ladas de la era soviética. Esos pequeños coches eran totalmente indestructibles pero jamás he conocido alguién que cupiera cómodamente en ellos. Los Tico eran unas máquinas terriblemente diseñadas con el propósito de desafiar lo aerodinámico. Varias veces vi estos volteados por su forma de caja seguramente, pero parecía que se podían volver a colocar sobre sus ruedas y dejar a la persona seguir hacia su destino. Además, si se lograba llegar a una cierta velocidad, empezaban a levitar.

Los dueños del volante eran sin lugar a duda los taxistas. Conocían todos los atajos en la ciudad. Aquí no se trataba de servicios de radio taxi como los que llama uno la noche antes o llama a un número de central para que lo vengan a recoger. Durante el primer año habíamos probado varios diferentes servicios, incluyendo uno de los líderes indiscutidos, EcoTaxi, el cual acostumbraba no mandar a nadie. Un día llegó un taxista sin mismo haberlo llamado. Gracias a mis amigos, particularme Alejandro Alves y Glen Swanson, aprendí que para moverme en esta ciudad sólo necesitaba pararme en la vereda, levantar el brazo al aire cuando se aproximaba un coche y éste se paraba. Un taxi. No eran de ningún color en particular pues cada uno era privado y operado por el dueño. Muy emprendedores. Dudo realmente que se tomaban el tiempo para registrarse en alguna lista. La única manera de asegurarse de que sí era en realidad un taxi era cuando estaba suficientemente cerca, una etiqueta pegante en el parabrisa de un color rosado mostraba las letras T-A-X-I. Una vez que paraba el vehículo, lo primero que hacía uno es decirle a la persona donde uno quería ir en lo que la persona contestaría informando el precio. Nunca se dice que sí. Los extranjeros como yo normalmente nos decían entre $15 y $25 Soles (equivalente en la época de $5 a $8 dolares US)  – o pedían directamente dólares americanos – sólo porque uno tenía pinta de gringo, significaba que era millonario. Si esto fuese la verdad tomaría un taxi helicóptero. Normalmente uno contesta a semejante precio con algo extremadamente bajo, sabiendo que es imposible que el responda afirmativamente.  Ahora empieza el regateo.  Algo instrumental que aprendí si la negociación va por mal camino, es alejarse de la ventana del auto diciendo lo suficientemente fuerte “¡No pues, choche!” (para usar una versión menos colorida y grosera que usa la gente joven). Ahora se incrementa la posibilidad de que el taxista se dé por vencido. Ahora puede uno volver a abrir la negociación comprometiéndose a pagar $5 Soles (casi $2 dolares americanos) y lo más seguro es que lo va a aceptar. Un consejo es de ser justo en cuanto al precio porque a fines de cuenta ellos necesitan ese dinero para darles de comer a sus familias. Asegurarse de que no le estén estafando a uno pero tampoco robarles a ellos, después de todo, es un servicio.

Un precioso Tico desfilando frente a una combi

Además de conocer relativamente bien la ciudad, las calles y barrios, muchos de ellos se dedican a otros empleos. No manejaban taxis porque esa profesión fuese una mina de oro. Me enteré de esto por uno de los taxistas que me tocó por pura casualidad tres veces en una semana. La tercera vez le pregunté su nombre a lo que me contestó que sus amigos le decían Piña. Su cara seguramente pasó por una adolescencia traumática con ataques severos de acné pues su cutis tenía varios huecos, lo cual le daba un parecido al exterior de una piña. Él era un abogado titulado de una universidad peruana. Era también una persona sumamente bien informada referente a los problemas vividos en su hermoso país y tenía una gran curiosidad por el mundo afuera del Perú. Su remuneración como profesional no era lo suficiente para poder sacar a su familia de los pueblos jóvenes. Otros taxistas que conocí vivían situaciones parecidas llevando una doble vida como policia, ingeniero civil o profesores. Siempre se lograba distinguir la verdad en sus cuentos compartiendo sus frustraciones de la vida. Me gustaba charlar con ellos porque me daban algo de perspectiva de sus mundos y su lucha incansable, poniéndome a mí mismo en una situación pensando qué podía yo hacer para ayudarles. Eran gente trabajadora y emprendedora que al parecer no lograban mejorar su estilo de vida. Quién sabe si algún dia alcanzarían sus metas. Aunque me había vuelto un gran regateador, siempre les brindaba alguna propina lo cual no se acostumbraba hacer, esperando que esto ayudaría en algo estos grandes combatientes de la ruta, para alimentar a sus familias para alcanzar un nuevo mañana. La mayoría de los chicos de catorce años salían de sus casas para encontrar trabajo y la educación era para los pocos privilegiados.

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