Un(a) niño(a) de tercera cultura (TCK / 3CK) o niño(a) trans-cultural es "una persona que, como menor de edad, pasó un período extenso viviendo entre una o mas culturas distintas a las suyas, así incorporando elementos de aquellas a su propia cultura de nacimiento, formando una tercera cultura."

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domingo, 17 de junio de 2012

La Ciudad de México – Una Ciudad Mundial


Una discusión que se sigue prolongando por más de varios siglos es la de dos bandos totalmente opuestos, defendiendo lo que sienten es superior: la cantidad o la calidad. Algunos viven con el dicho de entre más somos, mejor, mientras que otros están convencidos que las cosas buenas se dan en pequeñas cantidades– piensen en las porciones de un restaurante gourmet. Cuando se trata de la Ciudad de México, pareciera que ambos mundos caminan con una cierta armonía desfilando orgullosamente desde el Paseo de la Reforma hacia el resto de la ciudad. Realmente estoy anonadado con lo bien que se mueven las cosas en una ciudad colosal en cuanto a su población y superficie comparadola a Toronto que no cuenta ni con una cuarta parte del tamaño. Claro que también existen sectores peligrosos en las profundidades metropolitanas como en cualquier otra ciudad, pero los barrios – o como dicen allá, ‘colonias’ – elegantes intimidan desde la quinceañera de Rosedale hasta la lujosa señora de Fifth Avenue. El paraíso del shopping para los que dispongan de un presupuesto. Yo tuve el inmenso placer de visitar y conocer muchas de estas partes de la ciudad al trabajar para la Embajada del Canadá a lo largo de dos veranos durante mi época de estudiante.

Mis amigos del trabajo en México

Cuando se trata de comer en esta ciudad, es el refugio para el verdadero glotón. Los lugareños mantienen sus tradiciones culinarias y el placer por la cocina, siendo siempre importante la hora de las comidas con amigos y familia como tiempo sagrado para compartir. Todos son bienvenidos a la mesa, hasta el amigo del amigo, de ese otro amigo, quien una vez fue amigo de una persona que nadie conoce. En cuanto a recomendar algún lugar para comer, tal como me indicó un mexicano alto y corpulento en un acento muy típico capitalino: “¡Jamás le preguntes a un flaco dónde se come bien, amigo!” Qué palabras tan sabias provenientes de un estómago veterano. En el tiempo que pase en Polanco, un barrio compartiendo un parecido a una urbanización europea bastante elegante, fui invitado a comer en varios y difirentes restaurantes  para almuerzos y cenas de trabajo. Desde tacos hasta carnes, de sushi a chistorra, parecen tener todo para acomodar cualquier paladar y lo mejor, es que todo se prepara en la cocina del local – al contrario de nuestros países donde todo parece ser un recalentado de alguna bodega gigante como Costco o Sam’s Club. Es obvio el pretexto para la pancita del mexicano. Comer es realmente un placer y una ocasión especial en los círculos sociales. Nadie come solo. Me quedé totalmente asombrado que al volver a Ottawa, de alguna manera estaba menos gordo que cuando me fui. Seguramente los ingredientes en la cocina mexicana están cargados de magia chilanga – bueno, quizás sea algo exagerado, pero la comida si que era extraordinaria.

Esta ciudad también es increíble para los interesados en la historia, sobre todo la precolombina. Hay museos de tremenda categoría y pirámides que aún siguen preservando el recuerdo del ayer, comprobando al turista que los aztecas realmente fueron genios en la ingeniería y construcción. Entre las ruinas más espectaculares son las de Teotihuacán, algo retiradas de la ciudad misma. Claro que deberán enfrentarse a los desafíos diarios del DF cómo su terrible tráfico – que empeora en tiempo de manifestaciones, partidos de fútbol, o cualquier otro motivo de agrupaciones populares las cuales se están volviendo más frecuentes que nunca – significando que se deben planear muy bien las salidas. Recuerdo haber pasado siete horas en un embotellamiento debido a un partido de la Copa Libertadores entre el Cruz Azul y Rosario Central. Jamás olvidaré ese día infame, no porque hayan perdido los argentinos – ví los resultados en Fox Sports Noticias – pero por el tiempo perdido que nunca podré recuperar. Por otro lado, cuando menos logré ver a Jesús Silva-Herzog, un candidato para alcalde, tomando la siesta de su vida al lado de su chofer. ¡Fue tremendo! Podía prácticamente escucharlo roncar al ritmo del motor persistente de su vehículo mientras una mosca se paseaba dentro y fuera de su boca al ritmo de su respiración. El lema de su campaña era “¡Hay que poner oooorden en esta ciudad!”. Si hubiera logrado ser alcalde de la ciudad, hubiera totalmente perdido sus momentos especiales para la siesta para poder establecer ese bendito orden. Bueno, como les digo, hay que planear las salidas de acuerdo al tráfico.

Mis responsabilidades en la embajada fueron de ir a varias universidades mexicanas para brindar apoyo al personal de más antigüedad durante presentaciones y conferencias académicas. Me senté en clases de estudios canadienses dentro de edificios icónicos de la UNAM, una de las primeras universidades en el Mundo Nuevo. ¿Quién hubiera imaginado en aquella época que varios jóvenes intelectuales mexicanos estarían aprendiendo temas relacionados a mi país de origen? Me entendí muy rápidamente con los académicos, el personal y los estudiantes, intercambiando opiniones acerca del TLCAN y el probable futuro de las relaciones bilaterales entre nuestros países. Ellos tenían un gran interés por nuestra legislación transparente y progresista en el Canadá, esperando algún día implementar estas ideas contribuyendo a la democratización de su bienamado país que había estado controlado por un único partido a lo largo de 70 años. Era interesante darme cuenta que para estos sabios estudiantes – eran de mi misma edad pero la mayoría de los canadienses que conocía sabían mucho menos de México que en el caso opuesto – no éramos todos una manga de gringos viviendo en la misma canasta al norte del Río Grande. Ellos consideraban ese primo lejano amante del hockey sobre hielo como un socio viable y un  potencial alidado en la mesa de negociaciones contra nuestro vecino común que nos hacía una vida terriblemente agradable. En realidad, no creo que toma mucho tiempo para que un canadiense y un mexicano encuentren algo en común que no les agrade en cuanto a la política externa de los EE.UU.. Lo siento Tío Sam pero tornas ese trabajo demasiado fácil para el resto del mundo. Esperamos que pronto cambies ese comportamiento poco comunitario.

En el Palacio Nacional con mi amigo Alejandro

Si hay tan sólo un lugar que debo recomendar para visitar, ese lugar que NO deben perderse, es el Zócalo – la plaza de armas en el centro. Desde el corazón de la ciudad, usted se perderá en el esplendor de los edificios coloniales y la preciosa arquitectura y caerán en cuenta de mis comentarios en entradas pasadas donde me refería a la manera en que los españoles crearon sus asentamientos con una mentalidad militar. El Palacio Nacional es seguramente una de las construcciones coloniales más impresionantes y existe una increíble historia detrás de su creación. Aparentemente, los españoles confundieron los diseños de la cárcel de Lima con el Palacio Nacional de México, lo cual uno notará al ver unas curiosas oficinas bastante pequeñas, pareciendo celdas. Al pasear por el palacio, se podrán ver murales pintados por grandes artistas mexicanos, tales como el internacionalmente conocido, Diego Rivera. Justo al lado de este edificio, se encuentra la Catedral de México y algunas ruinas de la Gran Tenotchtitlán, la capital del imperio azteca. Sin lugar a duda, en esta ciudad vive el recuerdo de un pueblo antiguo en armonía con la modernidad.

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